EL AZAR, LAS APUESTAS Y LOS GOLPES DE ESTADO (II)
El sentido de la improvisación en las actividades ligadas al azar
Clausewitz señalaba que lo verdaderamente determinante era el genio, entendido como la capacidad creativa del comandante y de sus asesores.
Autor: Felipe Breogán Martínez Noboa
Nota del autor:
Se ha insistido en que este es un ensayo escrito bajo un ánimo muy particular: el de ofrecer una representación fiel de la perspectiva desde la cual concibo el conjunto de los estados de cosas en los que se halla inmersa mi existencia - entre el anhelo por una magistratura en esta republiqueta maltrecha y el ánimo con altibajos por la dificultad de la negociación-. Sin dudas las afecciones en el ánimo son profundas por las sucesivas ilusiones y frustraciones alrededor de esos puntos, pero ello es el desencadenante decisivo de este ensayo (que ha de dividirse por decisión editorial en tres).
Proviene de EL AZAR, LAS APUESTAS Y LOS GOLPES DE ESTADO (I)
* * *
Un mayor, oficial de Estado Mayor de la Reichswehr,
escribiría en 1928 - en plena paz stresemanniana de la República de Weimar-
sobre una campaña que no enfrentó a grandes masas de ejércitos - prusiano y
sueco-, sino que se desarrolló principalmente como una operación de persecución
de uno sobre otro. Tanto las batallas - en el nivel táctico- como las campañas
- en el nivel operacional, conducido por los generales- presentan, en términos
típicos, tres momentos que pueden o no acaecer según las circunstancias
fácticas: el asalto y la defensa; el giro, esto es, el instante en que uno de
los contendientes se impone; y, finalmente, la persecución del derrotado, que
es donde se producen las mayores pérdidas.
Este oficial, que era el archiconocido Heinz Guderian,
identificó que la campaña de invierno de 1678-1679 en la guerra prusiano-sueca
era el origen del Ejército prusiano - juicio al que adhiere el historiador
Robert Citino-. Bien cabe destacar que el Ejército prusiano tuvo su germen en 5.000
efectivos profesionales originarios en el año 1645, iniciado el reinado de
Federico Guillermo, “el gran Elector del Sacro Imperio”. Durante el
reinado de Federico Guillermo tienen lugar dos hechos trascendentales, además
de la creación del Ejército del Reino de Prusia: por primera vez los
alemanes del este pusieron en jaque a las dos grandes potencias de la Europa
oriental, la católica Polonia y la protestante Suecia - con la inclusión a
la corona brandenburguesa de la Pomerania, que la volverían a perder en función
de una petición de Luis XIV de Francia-; y, en segundo lugar, las bases
fundacionales del militarismo alemán - cf. R. Citino-.
El sentido del nacimiento del Ejército prusiano en la campaña
de invierno de 1678-1679 - pese a que, junto a los suecos y contra los polacos
habían obtenido ya una victoria sorprendente en Varsovia, capital polaca-
radica en una razón precisa: fue la primera vez que dicho Ejército desarrolló
una operación de persecución hacia el interior del dispositivo enemigo, fracturándolo
mediante la maniobra, sin un enfrentamiento directo decisivo, y culminando en
el agotamiento de las fuerzas suecas, mandadas por el general Horn.
Esa operación es conocida usualmente como el “avance en
trineos” (en alemán, Schlittenfahrt), dado que las tropas prusianas
fueron movilizadas, en un invierno hostil en el que todo se hallaba congelado
por las gélidas temperaturas, en trineos. Dicha forma de transporte resultó
sumamente eficiente: permitió a los prusianos recorrer 540 kilómetros entre el
18 de enero y el 2 de febrero de 1679 - a razón de 36 kilómetros diarios-,
atravesando ríos y lagos congelados de la Europa báltica.
Ese tipo de operación, arquetípica de la guerra de
movimientos, se hallaba sustentada en dos cuestiones:
a) la improvisación del comandante sobre el campo de batalla
- por ejemplo, en la intuición de Federico Guillermo de que, con los ríos y
lagos congelados, el avance en trineos sería más rápido-;
b) un margen de libertad operativa concedido a los oficiales
- incluso a los más subalternos- para que alcanzaran sus objetivos generales
sobre la base de su intuición táctica en el terreno - el golpe de vista-,
recibiendo tal forma de mando el nombre de auftragstaktik (o mando
flexible).
Da igual si el origen del mando flexible obedeció a una
condición política particular de Prusia, consistente en la libertad de los
junker respecto de sus tierras y siervos, los cuales, bajo Federico Guillermo,
fueron militarizados, llegando algunos a ocupar grandes cargos, como el general
von Treffenfeld, nacido como simple campesino.
Lo cierto es que esa intuición en el mando táctico y
operacional forjó todo el pensamiento militar alemán - y, luego de 1870, el
pensamiento militar universal-.
Lo saliente del “avance en trineo” fue la habilidad
maniobrera, la velocidad y, por sobre todo, el desarrollo de una intuición que
permitía improvisar permanentemente.
Dicho hecho fáctico, junto con la experiencia de las guerras
totales napoleónicas, permitiría conceptualizar una ontología - como llamó a la
metafísica general el filósofo prusiano Christian Wolff, antecesor de Kant-
idealista de la guerra - esto es: el hecho bélico como acción condicionada por
el pensamiento del sujeto racional, si se me permite el vocabulario
castellanizado del gran burgués de Königsberg-.
Así, ésta se sustentaba sobre una serie de conceptos
abstractos: el centro de gravedad; el punto de esfuerzo principal;
la idea de que el golpe sobre dicho centro debía provocar una batalla de
cerco capaz de ahogar y agotar el esfuerzo y la voluntad - concepto tan
complejo que durante el siglo XX fue llamado el “fantasma tras la máquina”-
del ejército enemigo; y la convicción de que la intuición táctica del
subalterno, con escasa supervisión de los superiores, era lo que permitía
cumplir los objetivos de la campaña a través de una batalla decisiva - que, en
lo preferente, debía ser una batalla de cerco o una persecución del enemigo
sobre un dispositivo dislocado por la maniobra veloz-.
De modo ulterior, todo ese culto al quehacer práctico a través
del sentimiento y la intuición culminaría en la famosa frase del general
mariscal de campo Moltke: “Ningún plan sobrevive al contacto con el cuerpo
principal del enemigo”.
La significación de ello conduce, en definitiva, a una
concepción muy clara: la planificación sirve únicamente hasta el momento del
contacto con el enemigo; a partir de allí, la práctica tiende siempre a
destruir los planes previamente diseñados para el abordaje de la cuestión. De
ahí que la flexibilidad de la organización y su capacidad de maniobra estén
dadas por menores grados de intervención de las capas superiores respecto de
las inferiores.
La ontología idealista de la guerra prusiana suena
radicalmente extraña a la concepción genérica que, en la Argentina, suele
tenerse del Ejército prusiano y luego alemán, asociado a oficiales de Estado
Mayor meticulosos y planificadores estudiosos. No menos cierto es que
Clausewitz señalaba que lo verdaderamente determinante era el genio, entendido
como la capacidad creativa del comandante y de sus asesores. El Estado Mayor,
en esa lógica, no debía ser un cuerpo numeroso, sino un grupo reducido de
oficiales - la materia gris- dotados de un intelecto ambicioso, capaz de
generar, de modo reglado a través de su propia organización, la creatividad necesaria
para conducir las campañas, improvisando con una intuición militar desarrollada
frente a los inevitables retrasos e inconvenientes que toda actividad agonal
humana contiene, precisamente a causa de la fricción.
Esta concepción encontró su consagración histórica en la
guerra de 1870, fundamentalmente por una razón: en ella se enfrentaron el
racionalismo del general Antoine Jomini y la concepción clausewitziana de la
guerra, entendida aquí - con todas las reservas que impone un juicio de esta
índole- como una teoría de la fricción, del genio y de la decisión. El
resultado fue la primacía de la improvisación del genio estimulado frente a la
planificación milimétrica y al escaso margen operativo que el esquema jominiano
concedía a los oficiales jefes y subalternos.
Se ejemplificó hasta aquí con el caso prusiano en virtud de
ser el más estudiado - véase El modo alemán de hacer la guerra, de R.
Citino-; no obstante, su generalización al campo militar resulta evidente.
Sirva como último ejemplo el protagonizado por un oficial del cuerpo de Estado
Mayor español - el segundo más antiguo de Europa, tras el francés-: el general
Manuel Goded, fusilado en Barcelona tras el fracaso del alzamiento sublevado en
dicha ciudad durante julio de 1936 [2].
Goded, nacido en Puerto Rico, desarrolló su carrera militar
entre dos experiencias decisivas: la pérdida de las últimas posesiones
imperiales - que lo vislumbró en la lejanía de la península- y el intento -
logrado gracias a la ferocidad que imprimieron los mandos africanistas al
Ejército de África- de recuperar el honor en Marruecos. En ese contexto le
correspondió intervenir en el desembarco de Alhucemas como jefe de una de las
columnas de Melilla.
El asalto inicial de su columna, efectuado el 11 de
septiembre de 1925 en las costas occidentales de Axdir (capital de la República
del Rif), tuvo éxito durante el primer día; sin embargo, la noche siguiente y
la jornada posterior se desencadenó un potente contraataque rifeño que hizo
tambalear una línea española manifiestamente no abaluartada. En ese momento, el
comandante se enfrentó a un dilema triple: retroceder hasta la playa y
exponerse a la aniquilación; intentar un repliegue ordenado de tropas exhaustas
para ser reemplazadas por unidades de refresco; o bien sostener la posición,
abasteciendo bajo fuego artillero rifeño, a los resistentes.
Goded optó por esta última alternativa. El combate fue
brutal: los harkeños y las unidades rifeñas más potentes atacaron a bayoneta
calada, y los españoles resistieron. Agotado el esfuerzo atacante, el
contraataque cesó en un punto muy próximo al giro. Fue entonces cuando la
intuición instruida del oficial de Estado Mayor - y no la ejecución mecánica de
un plan previo- salvó la suerte de la columna y de la brigada melillense,
permitiendo a la mitad de las fuerzas españolas retomar la iniciativa y
culminar, al año siguiente, la conquista del Rif.
Para campear, velozmente como un trineo ártico, la faz
militar en la que los dilemas intuitivos alcanzan su intensidad más brutal, me
introduciré ahora en mi disciplina predilecta: el derecho.
[2] Debe señalarse que Manuel Goded y el último
presidente de la Segunda República española, Manuel Azaña, tenían relación
personal. De hecho Azaña cuenta en su diario (v. pp. 299-300) que Goded fue
incapaz de plantearle su situación personal por evidente timidez (que consistía
en perder los grados de general de brigada y de división en virtud de la
reforma militar de Azaña), y él plantearle que iba a hacer uso de sus servicios
como general de división, en tanto resultaría el jefe del Estado Mayor Central
del Ejército. También destaca Azaña la inclinación de Goded hacia el
asesoramiento, rechazando el mando de tropas directo y sintiendo regocijo con
el ofrecimiento del empleo de jefe de Estado Mayor Central.











