EL AZAR, LAS APUESTAS Y LOS GOLPES DE ESTADO (I)

El sentido de la improvisación en las actividades ligadas al azar

El golpe armado ... dependerá de una cuestión: la agresividad con la que procedan los atacantes en todos los lugares que fijan el control del Estado.


Autor: Felipe Breogán Martínez Noboa 

 

Nota del autor: 

Este es un ensayo escrito con un ánimo muy particular, por cuanto es la representación certera de mi perspectiva acerca de todos los estados de cosas en los que se halla sumida mi existencia.


Nota de la Editorial:  

El presente trabajo será presentado en tres capítulos. 

 

Así se advierte que una parte sustancial de las actividades humanas se encuentra atravesada por el azar, quedando excluidas - al menos según mi parecer- aquellas que son objeto de comprobación científica, como las leyes matemáticas, físicas y biológicas; los teoremas lógicos, cuya verdad resulta susceptible de verificación formal; y, finalmente, las normas jurídicas, entendidas como un orden de prescripciones permisivas, prohibitivas u obligatorias. Quedan fuera de esta última exclusión, desde luego, los juicios que sobre dichas normas jurídicas formulan los juristas y los operadores del derecho, en los que el azar vuelve a encontrar un margen de intervención en la faz contradictoria.

No obstante, todos los asuntos importantes de la vida: el amor, el deporte, la amistad, los placeres más variados, el trabajo, el quehacer científico o intelectual de cualquier índole se encuentran atravesados decisivamente por el azar. Y si hay azar, resulta haber, por necesidad, improvisación. 

Existen muchas referencias al azar en las más variadas actividades: así en todos los deportes existen las apuestas sobre quién derrotará a cuál, encontrándose ello en el plano de la probabilidad, la que siempre supone un grado de incertidumbre azarosa. De modo que incluso un caso llevado al extremo existirá un álea, tal el caso de un partido de fútbol entre el Barcelona de Messi y el Huracán de Tito Pompei, en el lamentable descenso del año 2011. 

Por otro lado, existirá un álea en todas las actividades que, como el deporte, presentan un grado elevado de agonalidad: la política - ¿por qué llegó “x” y no “y”?-; la contradicción en un juicio civil, penal o contencioso-administrativo - aun contando con juicios esplendorosos referidos al ámbito normativo del problema jurídico-; la guerra; el amor romántico ambivalente; o el ascenso a cargos decisorios, así como el cierre o no de un negocio millonario.

Pero el azar también se encuentra en actividades que no guardan agonalidad alguna, como el hecho de emitir el siguiente juicio: “amigo, te llamo cuando llegue a casa”. Aquí el condicional es determinante, por cuanto para llamar al amigo es condición suficiente encontrarse con vida luego de atravesar el viaje desde el punto en donde uno se encuentra - v.gr.: el trabajo, el estadio o la universidad- hasta la propia casa.

Aclarado ese punto, lo que me interesa abordar es la cuestión de la improvisación, de modo meramente especulativo, sin un estudio bibliográfico sobre sus características ni sobre las motivaciones que la generan, y recurriendo para ello tanto a mi propia experiencia como a algunos casos ostensibles de su necesidad como criterio práctico.

Los ejemplos más claros pueden agruparse en cuatro órdenes, uno de los cuales refiere a un juicio práctico, esto es, a una valoración acerca de una conducta que conviene - o se debe- realizar u omitir dentro de un ámbito normativo. No obstante, también son juicios prácticos - que no están en el ámbito normativo- los que realiza el político en campaña; el que realiza el oficial de operaciones o el jefe de una compañía en campaña.

El primero de ellos es el más pasional y simpático, por cuanto se refiere al deporte - ¡ay, mi amado deporte!, ¿cuándo podré volverte a practicar?-. Así, el volante francés que, en el minuto 123 de la final del mundo en Qatar, impulsa el balón con su pierna derecha hacia adelante desde la mitad del campo de juego, actuó por mera improvisación, dado que era inimaginable que un acto cuasi reflejo - empujar el balón en ese instante- derivara en una ocasión manifiesta de gol.

Kolo Muani, por su parte, tuvo dominio consciente sobre el desarrollo posterior del hecho: avanzó metros con pelota dominada, se enfrentó al arquero Martínez y remató con potencia y buen ángulo, siguiendo una finalidad clara: convertir el gol. Sin embargo, esa conducta idónea y plenamente deliberada se vio obturada por otra conducta igualmente consciente, pero orientada a un fin opuesto: evitarlo.



Como se advierte, tanto el gol como su evitación quedaron condicionados por un hecho inicial de improvisación: un empujar el balón hacia adelante, con la conciencia sólo mediata de que ello pudiera generar un mano a mano y, con él, la oportunidad de marcar.

El segundo ejemplo es el político. Toda conspiración - por regla general de tipo legislativa o de tentativa de un golpe de Estado por vías diferentes a las tuteladas constitucionalmente- tiene una planificación exhaustiva previa. Se habla con tal y con cual, con los de arriba - la superestructura cultural y la infraestructura económica y jurídica, para hablar en marxiano- y los de abajo - sindicatos, empleados ejecutores, etcétera-. Se trazan líneas de acción que deben necesariamente desencadenar nuevos aconteceres en un árbol de acciones de cientos de metros de altura. Obviamente existirá el triunfalismo previo en algunos - que festejarán la percepción de inminencia de llegada al poder entre licores, cigarrillos y, en Argentina, asados-, la duda en otros - “hay un golpe en marcha, tenemos que quedar del lado del ganador”- y la indiferencia en otros tantos. 

Mas, esa milimétrica planificación jominiana - se volverá luego sobre el punto- se desvirtúa cuando el golpe se activa: en el caso de la conjura legislativa comenzará a despuntar cuando un diputado de ánimo enérgico comience a proferir la acusación contra el malhadado jefe de Estado. En tal momento acaecerá, en muchos otros, la duda y el temor al juicio histórico. Es en el momento en el que toma la palabra decididamente el indicado - o el conjurado al cual el indicado seleccionó para la realización de, en su ánimo, el hecho bello- cuando todo el plan se viene abajo: la fricción política produce cambios repentinos, negociaciones de última hora - “el señor González del partido de derecha se puso de acuerdo con el señor Lombardo del partido del centro”- y la ansiedad por cerrar con quien mejor parte del reparto le deje a los dubitativos. En fin: el éxito de la operación legislativa no dependerá de la planificación previa - que claro puede servir para orientar la acción- sino de las definiciones de último minuto. Tal es la regla de los dos minutos: como existe un ámbito librado a la libertad del hombre, éste cuenta - aún cuando muy complicado esté- con una cantidad de tiempo para intentar zafarse del asunto. De resultas, triunfará Catilina - el acusador- o Cicerón - el que resiste en un poder deshilachado-, según quién logre sostener la palabra decisiva en ese instante. En ese punto, el otro quedará arrinconado y, como Catilina frente a Cicerón, terminará por derrumbarse, tal como muestra el legendario cuadro que en mi despacho hogareño - siempre en silencio, dada la sacralidad del ambiente- vuelve a enseñarlo para la posteridad: ningún plan sobrevive al instante en que la palabra encuentra a la voluntad vacilante.

Por otro lado, el golpe político ejecutado por la fuerza de las armas presenta dos momentos posibles, ya sea que busque abrirse paso mediante una vía de legalidad meramente aparente - como en el intento del general Armada durante el 23-F- o que prescinda de ella.

En el primer supuesto, el instante decisivo se produce cuando se intenta inducir, por convencimiento o por extorsión - ya no en el plano jurídico, sino estrictamente en el político-, al jefe de Estado a aceptar la propuesta golpista. Allí, todo el plan queda suspendido en un momento de vacilación: si el decisor consiente, el golpe adquiere consumación; si, por el contrario, lo rechaza, lo hace mediante una decisión improvisada que clausura el devenir - el bello movimiento- de la operación. Tal fue el caso de Juan Carlos I, cuando, tras la duda, pronunció el enunciado decisivo: “Alfonso, no vengas a la Zarzuela”.

El golpe armado, el más desagradable de la lista que me encuentro formulando, dependerá de una cuestión: la agresividad con la que procedan los atacantes en todos los lugares que fijan el control del Estado. Pueden triunfar si no hay oposición - v.gr.: todos los golpes argentinos con excepción a la pequeña guerra civil de septiembre de 1955-, fracasar si hay oposición - el putsch de Kapp o el putsch de Salan en Argel en 1961-, culminar con un bando rendido - el Ejército Popular o Rojo el 1° de abril de 1939, o el bando leal a Perón en 1955 a poco de iniciar las operaciones y estando en curso una decisiva operación sobre Puerto Belgrano de represión de la sublevación [1]- o, por último, no triunfar pero cumplir con sus objetivos políticos - que de alguna forma es triunfar-, como el caso del también putsch del general Salan en 1958.

Restando apenas dos ejemplos de improvisación, corresponde detenerse en el que resulta verdaderamente paradigmático. Se trata de un caso esencialmente político en sentido clásico - cuando la política interior era todavía mera policía- y, a la vez, del ámbito en el que la agonalidad alcanza su máxima expresión: el enfrentamiento directo de dos ejércitos sobre el terreno, ejerciendo fuerza sobre él y midiéndose, finalmente, como dos grandes boxeadores, sólo que aquí los contendientes son los Estados nacionales, encarnados en sus oficiales profesionales.

En este punto, la digresión resulta necesaria, dado que este tipo de enfrentamiento ha quedado jurídicamente vedado mediante una prescripción prohibitiva general, que excluye la legitimidad del enfrentamiento armado entre Estados (cf. Carta de la ONU, art. 2° ap. 3 y 4). En tal sentido, el ejemplo que sigue será - en cierto modo- anacrónico; sin embargo, continúa resultando inteligible para la conciencia común, sobre todo a la luz de los acontecimientos ocurridos la semana pasada (estas líneas se escriben el 8 de enero de 2025). 


Continuará...

* * *

Nota:

[1] Es dable señalar que el pronunciamiento militar de 1955 tenía por objeto principal servir de germen a una guerra civil. Tal fue el pensamiento del Sr. General Lonardi cuando realiza el golpe de mano en la Escuela de Artillería - el mismo era artillero, cuerpo particularmente profesional en todos los ejércitos del orbe- en Córdoba. Incluso más, el enunciado era: “resistir la represión”. En Córdoba hubo un triunfo relativo - no sin fortísimos combates opuestos por el Ejército leal- del bando sublevado. A su vez, la complacencia civil con el pronunciamiento, en la mediterránea provincia, era casi total: comandos civiles por doquier, la Iglesia y demás actores sociales potentes - claro: con la excepción de los sindicatos, los obreros y el arma de infantería-. 

Sin perjuicio de ello, el fracaso de Aramburu y Montiel Forzano en Corrientes fue notable. A tal punto que terminaron rendidos al Ejército leal rápidamente, produciéndose la finiquitación de la fuerza combativa alzada en la plaza mesopotámica. 

Con ulterioridad, el alzamiento fue totalmente triunfante en Puerto Belgrano, dirigiéndose la Flota de Mar hacia Mar del Plata y Buenos Aires. 

Como se ve la situación era muy favorable para el bando leal: contaba con la totalidad de las fuerzas mecanizadas y aéreas (la aviación de caza ubicada en Buenos Aires - que machacó duramente a la Flota de Río escapada de la Escuela Naval-) de las unidades guarnecidas en Buenos Aires (esto es: los dos regimientos capitalinos - Granaderos y Patricios-, los por entonces R.I. 7 -  que  batió y puso en huida a la Escuela Naval el 16 de septiembre- y 3 y toda la guarnición de Campo de Mayo) y del completo de las fuerzas acuarteladas en todo el país, con la sola salvedad de Córdoba. 

Inclusive más: el día 19 - cuando se perfecciona la rendición del gobierno en el Crucero GR. Belgrano entre el jefe de la Junta Militar designada por el Presidente Perón, GR. Aud. Dr. Sacheri-  las tropas leales se dirigían a reprimir, con una probabilidad altísima de victoria, la plaza bahiense. Con ello, las fuerzas de Lonardi quedarían rodeadas y su logística bloqueada, quedando aisladas para terminar rendidas por inanición. 

Sin embargo, Perón tuvo el 17 de septiembre - en medio de la niebla propia de la guerra- un episodio particular: le presentó a altos oficiales su voluntad de renunciar y conformó una Junta Militar (entre los cuales destacaban los generales Lucero, Imaz, Valle y el auditor Sacheri). Al día siguiente y, vislumbrando el buen rumbo de las operaciones, quiso reasumir: Lucero y Valle prestaron su apoyo. No obstante, terminó imponiéndose el golpe interno. Concluida dicha deliberación, Sacheri junto al general Forcher firmaron el pequeño armisticio en el buque hundido en la eneida malvinera, el 1 de mayo de 1982.


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