VENEZUELA II: SOBRE LA CAPTURA DE MADURO Y EL ROL DE EEUU
Sobre la captura de Nicolás Maduro. El rol de los Estados Unidos y un retorno de facto al viejo derecho de gentes europeo.
Autor: Felipe Breogan Martínez Noboa
En la mañana del 3 de enero de este año que inicia nos hemos levantado y constatado una noticia de una potencia simbólica trascendental: Nicolás Maduro el dictador venezolano era, en una operación táctica con efectos estratégicos llevada a cabo por un equipo de fuerzas especiales estadounidenses, detenido y transportado con rumbo a Estados Unidos en el buque USS Iwo Jima, para luego llegar a Nueva York en avión.
Hasta allí los hechos verificados. Luego, caben unas presunciones que cobran valor, únicamente, luego de la concreción del acontecer respecto de Maduro. Así, en primer término se supone los Estados Unidos no están realizando operaciones militares a gran escala sobre el territorio de la República Bolivariana de Venezuela (Venezuela), de modo que aún no se plantea como una opción viable la ocupación militar del malhadado país.
Luego, resultaría ser vox populi que la Vicepresidente de Venezuela - a través de lo manifestado por el Presidente Trump- habría aceptado cooperar con los estadounidenses con la finalidad de dar lugar a un gobierno de transición que conduzca a Venezuela hacia una república democrática plena.
Llegados a este punto cabe señalar una última presunción, siendo, por consiguiente, la tercera una máxima política: con excepción de la debelación total de un régimen (v. República Rusa, Alemania nazi, República de Saló o la Francia de Vichy - en mucha menor medida-) los sujetos que están en mejores condiciones para iniciar transiciones son los políticos profesionales que se abrigan hacia su interior en base a una justificación de tipo ético, que reza: si no lo hago yo, lo hará otro por lo que es preferible siempre estar cara al sol que más caliente.
Los ejemplos son variados pero daremos dos. El primero es el del emperador Hirohito que, a la caída del Imperio del Japón dada por la victoria irrefutable de los Estados Unidos en el pacífico, continuó en el trono imperial, como Jefe y símbolo de la unidad del Estado japonés.
El segundo de tales arquetipos está representado en Adolfo Suárez, quien pasó de ser un mero secretario privado de la Secretaría General del Movimiento Nacional (anteriormente: FET de las JONS, desde su fusión en 1937) a gobernador civil de Segovia dentro de la jefatura del Estado español ejercida por el general Franco para, con posterioridad, halagar la conducta del heredero y sucesor del veterano dictador, el Rey Juan Carlos I, desde su posición de titular en Televisión Española.
Suárez, apenas le fue encomendada la función de formar gobierno, tuvo una única idea clara: España debía ir hacia una democracia plena, aún a costa de desarmar el régimen que Franco había dejado “atado y bien atado”. Para ello no temió en “traicionar” a sus antiguos camaradas del gobierno franquista: militares, fragistas, falangistas de todos los pelajes o al propio Rey que lo ungió.
Así la historia, para no extendernos de más, parece dar muchos ejemplos - los señalados, quizá, son los más salientes- según los cuales para la salida transicional a un régimen autocrático se requiere a un político del régimen - que en cuyo corazón abriga la frase ya señalada, que volveremos a repetir: siempre es preferible estar cara al sol que más calienta- que desarme desde adentro todos los aparatos autoritarios que posibilitan el terror interno y obturan el ejercicio pleno de las libertades concretas (las más importantes, entiendo, son las referentes a la libertad ambulatoria, a la propiedad privada y al ejercicio del oficio, empresa o profesión sin interferencia indebida del Estado).
Tanto Suárez como Hirohito cumplieron ese cometido transicional - en su ámbito de acción, que siempre resulta ser más o menos acotado-. En estas horas, que al decir clausewitziano, se caracterizan por la incertidumbre - hay voces según las cuales Delcy Rodríguez ya ha tomado posición por Maduro-, se ha colocado en tal lugar suarista a Delcy Rodríguez. En este caso la directiva de formar gobierno la dio Trump, siendo la venezolana el instrumento político para alcanzar la democracia plena.
Hasta ahí un somero panorama de lo que se encuentra aconteciendo en un punto cercano de nuestra América, como se dijo la situación se encuentra signada por una carencia informativa ostensible, propia de la niebla que se genera contra el surgimiento de un vacío de poder.
Los escenarios que aparecen como potencia son muy dispares: puede Delcy Rodríguez tomar el poder e iniciar la transición; puede Delcy Rodríguez rebelarse y redoblar la tensión con Estados Unidos; puede Delcy Rodríguez intentar pactar con Estados Unidos pero no lograr los consensos internos para llevar a cabo la tarea transicional; por último, puede que dicha tensión desembarque en la realización de operaciones militares entre ambos bandos del gobierno venezolano - los que favorecen la transición y los que se oponen a ésta-.
Llegado a este punto es necesario la realización valoraciones en otros dos órdenes - más allá de las políticas, que fueron planteadas-: una histórica y otra jurídica, que se encuentran, a su vez, atravesados de modo indisoluble.
Creo justo comenzar por el principio, que consiste en la crisis dirigencial que tienen los Estados Unidos, pero ello debe quedar correctamente delimitado históricamente - desde una óptica argentina y latinoamericana-. Así el país usiano tiene dos notas caracterizantes: que las trece colonias (esto es: la franja costera más occidental de su territorio) fueron colonizadas por británicos no anglicanos de tendencia dispensacionalista, doctrina creadora del mito del “destino manifiesto” - ergo: terceros beligerantes de la guerra civil religiosa británica que enfrentó a los anglicanos con los católicos [1]- de modo que siempre se trató de una población levantisca, tal que generó el primer proceso independentista en el continente americano; luego, que su expansión hacia el oeste siempre fue a costa de estados hispanos y, en particular, los Estados Unidos Mexicanos. La derrota quedó signada por la paz de Guadalupe Hidalgo en 1848, que selló nuestra inferioridad relativa ante los Estados Unidos y que, de facto, puso la última - ya era un proyecto casi totalmente imposibilitado- cruz a la ambición de unidad continental de nuestra América- voluntad materializada en la expresión “patria grande”, que sostengo en tanto argentino y español-.
Han existido muchos autores que trataron la cuestión, mas quien la ha abordado con mayor detenimiento referido a un caso de estudio (la Argentina entre el 7 de diciembre de 1941 y la suscripción, por Perón, de las Actas de Chapultepec) fue el Dr. Díaz Araujo. Ese componente teológico dispensacionalista [2]- y no estoy diciendo que todo fenómeno político es uno teológico secularizado, al decir schmittiano en Teología Política- fue determinante en orden a dos razones: en un primer momento, cuando las aún débiles trece colonias no podían proyectar su poder, tal mito originario fue el fundamento sostener que eran los garantes de un hemisferio occidental (hete aquí el momento de creación del concepto de occidente, que tanto permeó luego) cuya centralidad era la oposición a la Monarquía - católica o no dispensacionalista, esto es: luterana o anglicana-. En base a ese presupuesto teológico generaron una doctrina consistente en la no intervención de las potencias europeas en el territorio americano. No obstante, existían, a ese dominio declamativo, tres inconvenientes territoriales: el Canadá - que en virtud del Tratado de Londres de 1818 quedaba indemne a las pretensiones usianas-, Alaska - la cual fue convenientemente comprada a los rusos- y Cuba junto a Puerto Rico, que con Filipinas y Guam eran las últimas joyas de la corona borbónica española de la restauración - como monarquía constitucional-.
La guerra de 1898 contra España, que - contra lo que suele afirmarse- permitió a ésta obtener notables victorias tácticas, aunque sin posibilidad de traducirlas en una victoria estratégica decisiva, selló en los hechos la finalización práctica de la doctrina Monroe. Ello se verificó en la anexión por parte de los Estados Unidos de Filipinas y Guam, mediante la cual dicho país se introdujo por primera vez en la política del sudeste asiático. A ese espacio regresaría décadas más tarde, tras el fracaso francés en Indochina, no sin recordar que Francia había utilizado oportunamente a España en la década de 1850 para la conquista del territorio luego conocido como Vietnam, actuando entonces con deliberado disimulo al momento del reparto territorial.
El último compromiso de los Estados Unidos respecto a la doctrina Monroe fue cuando, junto a la Argentina - que sostenía su propia doctrina, denominada con el nombre de su expositor: Luis María Drago-, defendieron a Venezuela de un bloqueo - y sucesivos bombardeos navales- ocasionado por un ataque deliberado por parte del Imperio alemán y del Reino de Italia, ello con la finalidad de cobrar deudas privadas que el Estado venezolano sostenía con nacionales de los países agresores.
A partir de ese evento, los usianos se han caracterizado por su permanente intromisión en Estados de distintos puntos del orbe: han intervenido en Francia, Italia, Argelia, Túnez, Austria, Alemania, Ucrania, Polonia, Turquía, China, Vietnam, Panamá, Irak, Siria, Afganistán, Japón, Corea y un sinfín más.
Por otro lado, se advierte que dicho país padece un problema dirigencial profundo, en tanto se encuentra atravesado por tensiones estructurales severas: un racismo de carácter institucional, la ausencia de una integración efectiva de las minorías culturales al cuerpo de la Nación y una fragmentación identitaria persistente. Ello se manifiesta en la proliferación de categorías identitarias -italoamericanos, hispanics, germanoestadounidenses, spaniards, afroamericanos, musulmanes, entre muchas otras- que en la Argentina o en cualquier otro punto de América Latina resultarían impensables como principio de autoidentificación (y afirmación) identitaria. El síntoma más elocuente de esa crisis es la necesidad de una regresión simbólica hacia un pasado glorioso, percibido como abandonado o traicionado.
Arnold Toynbee, gran historiador británico, alcanza dos logros decisivos al pensar una filosofía de la historia. El primero es su negativa al determinismo. La historia, para Toynbee, no es una maquinaria ni un órgano natural susceptible de predictibilidad. No se mueve por una dialéctica necesaria - y, por ende, contradictoria- como en el materialismo histórico, donde una conciencia material se objetiva inexorablemente en las relaciones productivas; tampoco respira como en la doctrina spengleriana, que imagina a Occidente condenado a repetir el ciclo de los organismos vivos: nacimiento, esplendor -en el alma fáustica, signada en las catedrales medievales- y decadencia, como una mariposa o un árbol que ya llevan inscrita, desde su principio, la muerte.
En Toynbee no hay fatalidad: hay desafío y respuesta. La historia no está cerrada; permanece abierta, tensa y sujeta al ámbito del libre actuar del hombre.
El filósofo de la historia inglés concibe, a grandes rasgos, que las civilizaciones no son infinitas. Nacen, crecen, se desarrollan y, llegado un punto, entran en decadencia y se desintegran; o bien se fosilizan, prolongando su existencia durante siglos como estratos incólumes, pero ello no es un acontecer fatal. Para Toynbee, el número de esas grandes civilizaciones es acotado: diecinueve en total (entre las vivas y las desintegradas sin contar las abortadas).
De allí que en su obra se despliegue una verdadera teoría general de las civilizaciones. Las categorías que el pensador británico elabora no están pensadas para un caso singular, sino que pueden aplicarse tanto a la civilización cristiana -occidental u oriental- como a las del Extremo Oriente, o incluso a aquellas ya extinguidas, como nuestra civilización paterna greco-romana, cuya muerte sigue proyectando, todavía hoy, un haz de luz sobre la historia - p.ej.: los grandes conceptos: ser, tiempo, idea, devenir, proposición, término, causa, ente o principio y final fueron pensados en griego-.
Asimismo, las civilizaciones no se encuentran fatalmente condenadas a su muerte o fosilización, dado que éstas, para su subsistencia - la que puede ser indefinida-, deben dar acabada respuesta a una incitación existencial que les plantea el medio que los rodea (medio natural, cultural, político, teológico o filosófico). De la respuesta idónea, depende la pervivencia.
Sin embargo, Arnold Toynbee advierte que la decadencia no avanza en silencio. Deja señales, síntomas inequívocos, marcas que anuncian el agotamiento de una forma civilizatoria. Una de ellas se manifiesta en el fenómeno que denomina cesarismo, noción tomada en préstamo de Spengler. El cesarismo no es simple ruina ni mera resignación: es el gesto último de una civilización que se sabe en peligro y, aun así, se resiste a desaparecer. En él se expresa una voluntad de persistencia, un impulso por reformularse a sí misma, por concentrar el mando, endurecer la decisión y atravesar, con lucidez y fuerza, el umbral de su crisis vital.
Pero para que el cesarismo pueda desplegarse como tal, requiere una forma histórico-política específica: el Estado universal. El Estado universal es la expresión máxima de la expansión territorial y política de una civilización; es la forma en la que ésta se reconoce y se afirma plenamente como tal. En nuestra civilización paterna, la greco-romana, esa forma se manifestó dos veces.
Primero, en el Estado universal alejandrino, impulsado por un elemento intelectual decisivo - el descubrimiento del filosofar por los helenos, nacido en Jonia y luego extendido a toda la Hélade- y por un elemento político no menos determinante: la influencia persa sobre Grecia y Asia Menor. No deja de sorprender - y a la vez confirma la valía y la grandeza de los enemigos de los helenos- que la filosofía haya surgido precisamente en las ciudades jónicas sometidas al dominio persa, último resplandor - y estertor- de la ya fenecida civilización babilonia. La derrota de los persas por el impulso vital heleno - y de sus aliados orientales, luego- signó un avance de nueve siglos de presencia greco-romana en el próximo oriente.
Luego, Roma. De ella basta con medir la magnitud de su extensión -de Albión a Irak- y evocar el cataclismo que significó su desintegración final.
El cesarismo, que fue la forma política que develó el síntoma central de la decadencia y posterior desintegración de la civilización greco-romana se inició con la dictadura de Julio César. La dictadura y el imperio no irrumpieron como un rayo inesperado ni como un cuerpo extraño injertado en la República. Creció, por el contrario, en su interior, como una sombra que se alarga cuando se sella el declino de la luz. Sus signos ya estaban allí, latentes, visibles para quien supiera leerlos: basta recordar la conjura de Lucio Sergio Catilina, reprimido a último momento, en el Senado, por la palabra firme y la decisión republicana de Marco Tulio Cicerón.
En la mirada de Arnold Toynbee, el cesarismo es una de las manifestaciones más acabadas de la decadencia política: no un accidente, sino una forma recurrente, un arquetipo que vuelve. Puede encarnarse en distintos rostros y épocas, como una constelación de tipos ideales - para tomar prestado a Max Weber- que emergen, una y otra vez, cuando una civilización, agotada, busca salvarse concentrando en un solo hombre la decisión de su destino.
En la civilización cristiano-occidental - teniendo en cuenta que Occidente es una noción históricamente reciente, surgida recién en 1815- el cesarismo reaparece con la disolución del Antiguo Régimen. Napoleón lo trató de construir primero; luego lo intentarían Lenin y Hitler, cada uno a su modo, pero todos unidos por una misma pulsión: el intento de erigir un Estado universal capaz de contener disimilitudes profundas y no resueltas.
En la tipología del cesarismo elaborada por Arnold Toynbee, una de sus figuras más características es la del salvador por la máquina del tiempo. Es el hombre que irrumpe desde el pasado y promete rescatar a la civilización del ocaso mediante el retorno a una edad dorada perdida por ineptitud o pasividad. Es el César que no anuncia un porvenir nuevo, sino la restauración de una grandeza traicionada. Donald Trump encarna con singular nitidez ese tipo ideal, el de salvador por la máquina del tiempo. Su consigna, Make America Great Again (MAGA), no es un mero lema de campaña, sino la expresión condensada de esa promesa de reconducción. Que dicha fórmula sea proyectada, además, sobre otros Estados - Polonia, Argentina u, hoy mismo, Venezuela- no constituye un exceso retórico, sino la manifestación de una voluntad expansiva: el eco contemporáneo de la aspiración siempre recurrente a la forma del Estado universal.
De este modo, una vez delineado el personaje y la forma histórico-política hacia la que se inclina con una voluntad irreductiblemente pasional, el análisis exige ahora desplazarse. Ya no se trata del César ni de la civilización que lo engendra, sino del orden jurídico que ese impulso pone en tensión. Es allí, en el plano del derecho internacional, donde corresponde formular las disquisiciones finales, pues es en ese espacio donde la pretensión cesarista deja de ser mera retórica para pasar a tener relevancia normativa - esto es: a producir aconteceres de estados de cosas que tienen un estatus prohibido, permitido u obligatorio-.
En primer término, el derecho internacional instaurado por la Carta de la ONU prohíbe el injerencismo en los asuntos internos de otros Estados, como es harto conocido. Por otro lado, las acciones punitivas de un Estado sobre otro, cuando no se encuentran justificadas (v.gr., por legítima defensa), reciben la calificación de “crimen de guerra de agresión”. Asimismo, la Carta de la ONU se revela impotente frente a su incumplimiento por parte de alguno de los Estados que integran el Consejo de Seguridad, en tanto el ejercicio del veto permite bloquear decisiones contrarias a su interés nacional e impedir la incriminación de su propia conducta antijurídica. Finalmente, un punto central del orden internacional inaugurado en 1945 es el principio de no otorgamiento de derechos como efecto de la finalización de una guerra - entendida como una campaña, sucesión de éstas u operaciones menores que producen una alteración territorial-.
Hasta allí lo que debería tener carácter vinculante. Sin embargo, la conducta de los Estados Unidos se caracteriza por pertenecer al viejo ius gentium - Bobbio distinguió el ius gentium históricamente consuetudinario del escrito ius civile medieval- de la modernidad (o ius publicum europaeum), dado que actúa unilateralmente como un duelista que bate a otro, para luego obtener una paz, a través de un tratado, ventajosa o ajustada, cuanto menos, a sus intereses nacionales.
Tal conducta supone una ruptura del orden emanado de la Carta de la ONU (1945), siendo reemplazado por el ius gentium moderno (culminado en el Tratado de Versalles de 1919, afianzado en el Pacto Briand-Kellog de 1928 y finiquitado de una vez y hasta ahora en 1945) donde la guerra otorga derecho, los Estados son duelistas pujando entre sí para satisfacer sus pretensiones políticas (el interés nacional) y donde lo que rige es la fuerza y no el derecho (ergo, reingresa la frase latina: inter armas, silent leges).
Ello resulta particularmente manifiesto si se advierte que en el ius gentium de la modernidad no existía la exigencia de una justa causa para la guerra: el agresor podía declarar la guerra a un igual -otro Estado reconocido- y batirlo en el campo de batalla sin reproche jurídico alguno, puesto que dicho orden no concebía culpa por el hecho de iniciar injustificadamente el conflicto armado.
De modo final quiero dejar sentado algo: i) el injerencismo usiano en nuestra América es inaceptable; ii) no existe justificación para un crimen de agresión sustentado en la existencia de una dictadura que impide el ejercicio de los derechos más preciosos; iii) la única garantía de paz y prosperidad es el imperio de la ley y las garantías que permiten el ejercicio de las libertades.
* * *
Notas:
[1] Debe notarse que España e Inglaterra han tenido una relación, si se me permite el desliz novelístico, de amantes cortamente correspondidos. Hubo grandes proyectos de unión dinástica (que los colocaba en una posición de máxima potencia frente a Francia) y de matrimonios regios entre españoles e ingleses. Ejemplo de ello es el matrimonio entre Catalina de Aragón y Enrique VIII (a la cual éste confinó y luego fundó, siendo un católico devoto, su propia Iglesia, de la cual era también cabeza), entre María I y Felipe II (que pudo resultar en la verdadera unión estatal) o el malhadado enlace entre Carlos I de Inglaterra y la Infanta María Ana.
La enemistad hispano británica surge una vez derrotado el partido católico en Gran Bretaña. Sin embargo, el partido católico formó durante y luego de la guerra a sus mejores cuadros en colegios españoles, como el Real Colegio de San Albano de Valladolid, el Colegio Inglés de Sevilla y el Colegio Inglés de Douai (en el viejo Flandes español - Bélgica-). Debe dejarse de manifiesto que el partido católico era harto popular en Gran Bretaña por una sencilla razón: en ningún país de Europa había una mayor uniformidad religiosa que en Inglaterra.
[2] El dispensacionalismo supone, básicamente, lo siguiente: existen dos pueblos bíblicos, el judío y el elegido (que son ellos mismos, esto es: los feligreses dispensacionalistas, que tienen a su vez pujas entre sí en virtud de cual de las iglesias es la verdadera), corriente del cristianismo protestante a la cual se debería adherir para obtener la salvación, una vez muertos.
Sin dudas dicho contenido está lejos del resplandor mostrado por los sistemas filosóficos nacidos al amparo del catolicismo - la escolástica, que se fundamentó en la filosofía griega y dio luz a grandes debates como el de los universales y el nominalismo-, el protestantismo anglicano y luterano - el idealismo alemán y el empirismo mecanicista-, el Islam o el judaísmo.
La enemistad hispano británica surge una vez derrotado el partido católico en Gran Bretaña. Sin embargo, el partido católico formó durante y luego de la guerra a sus mejores cuadros en colegios españoles, como el Real Colegio de San Albano de Valladolid, el Colegio Inglés de Sevilla y el Colegio Inglés de Douai (en el viejo Flandes español - Bélgica-). Debe dejarse de manifiesto que el partido católico era harto popular en Gran Bretaña por una sencilla razón: en ningún país de Europa había una mayor uniformidad religiosa que en Inglaterra.
[2] El dispensacionalismo supone, básicamente, lo siguiente: existen dos pueblos bíblicos, el judío y el elegido (que son ellos mismos, esto es: los feligreses dispensacionalistas, que tienen a su vez pujas entre sí en virtud de cual de las iglesias es la verdadera), corriente del cristianismo protestante a la cual se debería adherir para obtener la salvación, una vez muertos.
Sin dudas dicho contenido está lejos del resplandor mostrado por los sistemas filosóficos nacidos al amparo del catolicismo - la escolástica, que se fundamentó en la filosofía griega y dio luz a grandes debates como el de los universales y el nominalismo-, el protestantismo anglicano y luterano - el idealismo alemán y el empirismo mecanicista-, el Islam o el judaísmo.
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