LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA DE LA MONEDA Y LAS FINANZAS
François Soulard (@franersees)
François Soulard, emprendedor e investigador en Dunia, Centro de Investigación Aplicada de la Escuela de Guerra Económica (EGE/CR451), Instituto de Iconomía.
20 de diciembre de 2026
El auge de las
redes informáticas durante las últimas seis décadas no solo generó una carrera
desenfrenada por el monopolio económico, lo que algunos denominan un régimen de
competencia monopolística, sacudiendo los cimientos de la producción de bienes
y servicios. También modificó la relación con la moneda y las finanzas, hasta
tal punto que estas últimas van cambiando de naturaleza. La moneda
informatizada, constituyendo en principio un medio de pago, una reserva de
valor y una unidad de medida, ya es programable y adquiere una función de
autorización (de una transacción), es decir, de condicionalidad. Lejos de
responder únicamente a un factor tecnológico, esta transformación abre la caja
de Pandora de una gobernanza arbitraria de la que los grandes pensadores
colectivistas han soñado durante dos siglos.
Los engranajes de la gobernanza financiera
La supervisión de
las transacciones financieras es un ámbito formalizado de la gobernanza de los
asuntos internacionales. Actualmente, dos subsistemas interdependientes se
ocupan de esta cuestión con el fin de supervisar los flujos financieros y
regular a los actores autorizados a participar en la economía global. Por un
lado, el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI)[1], el
Grupo Egmont[2]
y el Grupo Wolfsberg[3]
elaboran las normas que definen las actividades sospechosas desde una
perspectiva de inteligencia financiera. Comparten esta información con
entidades a nivel nacional y coordinan el modo en que los bancos privados
cumplen estas normas. Por otro lado, el Banco de Pagos Internacionales[4] (BPI
o BIS en inglés), el Consejo de Estabilidad Financiera[5] y el
Comité de Basilea[6]
establecen las normas que determinan los activos que los bancos pueden
gestionar. Las tres primeras organizaciones constituyen el núcleo de la
supervisión financiera. Se crearon con el objetivo de orientar las políticas intergubernamentales
y, posteriormente, ampliar el enfoque al sector privado.
La inteligencia financiera
El Grupo de Acción
Financiera Internacional, creado por iniciativa del G7[7] en
1989, es una carta maestra para el control de los intercambios financieros.
Establece normas mundiales en materia de supervisión de flujos, mediante la
identificación de los actores, la supervisión de las transacciones y la
notificación de actividades sospechosas. Sus recomendaciones no son
vinculantes, pero tienen valor obligatorio ipso facto, ya que los países
que no las cumplen pueden ser excluidos del sistema bancario mediante un
mecanismo de exclusión (lista negra). Su ámbito temático se amplió
sucesivamente, pasando del dinero del narcotráfico y la financiación del
terrorismo a la proliferación de armas y la delincuencia ambiental.
Por su parte, el
Grupo Egmont conecta en red a las unidades de inteligencia financiera[8] con
el fin de compartir información a nivel transnacional. Cuando un banco señala
una operación sospechosa, ésta se transmite a la unidad de inteligencia a nivel
nacional y, a continuación, pasa al Grupo Egmont, que activa un circuito de
difusión de la información a escala mundial. Este mecanismo funciona al margen
del ámbito de la justicia pública, en el sentido de que la acción de exclusión
financiera puede llevarse a cabo mucho antes de que se inicie un proceso penal.
Finalmente, el
Grupo Wolfsberg es un consorcio que agrupa a los principales bancos mundiales,
entre ellos JPMorgan, HSBC, Barclays, Deutsche Bank y UBS, y coordina las
normas de lucha contra el blanqueo de capitales. Wolfsberg determina cómo deben
actuar los bancos cuando el Grupo de Acción Financiera Internacional emite una
recomendación. Sus directrices sobre “personas políticamente expuestas[9]”
establecen las profesiones y nacionalidades consideradas de alto riesgo a
escala internacional. La reducción del riesgo es un ejemplo de política que
muestra cómo los bancos pueden retirar sus servicios a sectores enteros de su
clientela. En la práctica, cuando las entidades bancarias más grandes acuerdan
una norma, ésta se convierte en un principio normativo del sector, y las
entidades más pequeñas se ven obligadas a cumplirla. Las empresas de análisis
Chainalysis[10],
TRM Labs[11]
y Elliptic[12]
respaldan este primer subsistema de inteligencia organizado en tres niveles.
El control de capitales
El segundo
subsistema examina qué activos pueden ser gestionados por las instituciones y
en qué condiciones. El Banco de Pagos Internacionales (BPI), fundado en Suiza
en 1930 antes de los acuerdos de Bretton Woods, es su piedra angular.
Proporciona una infraestructura de coordinación de los bancos centrales,
centrada en la promoción de una agenda que establece las normas bancarias
mundiales, complementada con una política de investigación y estudio. El BPI
beneficia de una inmunidad diplomática, lo que significa que las autoridades
suizas no están autorizadas a entrar físicamente en sus instalaciones, mientras
que sus activos no pueden ser embargados por ningún gobierno nacional.
El Consejo de
Estabilidad Financiera, creado en 2009 por el G20[13],
identifica los riesgos sistémicos y coordina la regulación financiera entre las
diferentes jurisdicciones. Se trata de una pequeña estructura que garantiza la
coordinación entre los organismos de normalización, a saber, el Comité de
Basilea para los bancos, la Organización Internacional de Comisiones de Valores
(IOSCO)[14], la
Asociación Internacional de Supervisores de Seguros (IAIS)[15] y el
Grupo de Acción Financiera Internacional para la lucha contra el blanqueo de
capitales. El Consejo tiene su sede en el Banco de Pagos Internacionales y no
tiene personalidad jurídica independiente ni inmunidad diplomática. Sus
prioridades son definidas por los altos responsables de los bancos centrales,
que participan en las reuniones del Banco de Pagos Internacionales y presiden los
grupos de trabajo de Basilea. Las normas elaboradas se aplican posteriormente a
nivel nacional.
Por último, el
Comité de Supervisión Bancaria de Basilea[16]
establece las normas relativas al capital que deben mantener los bancos, en
función de las diferentes categorías de activos. Estas normas funcionan
mediante incentivos, es decir, si los reguladores exigen más capital para una
determinada categoría de activos, los bancos reducirán estos activos debido a
su menor rentabilidad. De hecho, la norma del Comité de Basilea sobre las
criptomonedas (SCO60[17])
asigna a los criptoactivos del “grupo 2” (el bitcoin y prácticamente todos los
tokens descentralizados) una ponderación del riesgo financiero del 1250 %[18]. En
combinación con el coeficiente mínimo de capital del 8 % exigido por el BPI, la
obligación de aportar capital alcanza entonces el disuasorio nivel del 100 %.
Esta norma sobre criptoactivos fue elaborada por funcionarios designados,
ratificada por el G20 y finalmente aplicada por los reguladores nacionales en
virtud de la “adaptación técnica a las normas internacionales”.
Paralelamente, la
norma ISO 20022[19]
sobre mensajes de pago establece desde 2023 la interoperabilidad mundial de los
sistemas de pago. Incorpora nuevos metadatos (emisor, receptor, uso,
cumplimiento de la normativa), que completan la información tradicional de las
transacciones y permiten, poco a poco, una verificación en tiempo real del
cumplimiento. El Fondo Monetario Internacional armoniza estos diferentes
elementos a través de los programas de ajuste estructural. Cabe señalar que los
principios establecidos por la Organización Internacional de Comisiones de
Valores[20] y el
Comité de Pagos e Infraestructuras del Mercado constituyen un marco vinculante
para todos los sistemas de pago y los someten a la supervisión de los bancos
centrales.
La ampliación de la arquitectura
Esta arquitectura
se creó inicialmente para responder a las amenazas del blanqueo de capitales y
la financiación del terrorismo. Se encuentra actualmente en proceso de
ampliación.
En 2021 y 2022, el
Grupo de Acción Financiera Internacional hizo efectiva la noción de delito
medioambiental, vinculando legalmente la acción de incumplimiento con la de
blanqueo de capitales[21]. La
cooperación entre la Red para la Ecologización del Sistema Financiero (NGFS) y
el Instituto Internacional para el Análisis de Sistemas Aplicados (IIASA)[22] ha
establecido modelos informáticos totalmente opacos sobre los riesgos climáticos
y financieros, convirtiendo así las proyecciones de Net Zero en una
condición para el acceso al crédito. En 2023, el centro de innovación del Banco
de Pagos Internacionales definió un marco de supervisión con las monedas
digitales de los bancos centrales, a través de los proyectos Rosalind[23]
(programación monetaria por API) y Atlas[24] (supervisión
de la descentralización financiera). En 2025, el Consejo de Estabilidad
Financiera adoptó una hoja de ruta mundial[25],
basada en particular en la protección del clima, con el fin de armonizar los
calendarios y las jurisdicciones reglamentarias. Por último, la recomendación SCO60[26] del
Banco de Pagos Internacionales (mencionada anteriormente) aplicó riesgos
punitivos del 1250 % a las criptomonedas, lo que obligó de facto a los
bancos a no apartarse del régimen de la moneda fiduciaria.
Convergencia medioambiental
Durante unos
treinta años, la supervisión financiera y la gobernanza medioambiental
funcionaron de forma separada, aunque mostrando cierto paralelismo en su forma.
Ambas han recurrido a estructuras de normalización, marcos de cumplimiento y
presión financiera y económica.
En 1989, el
comunicado del G7 que creó el Grupo de Acción Financiera Internacional tomó
nota del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).
Instó a la creación de lo que más tarde se convertiría en la Convención Marco
de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, haciendo posible el principio
del canje de deuda pública por naturaleza[27]. La
supervisión financiera y la gobernanza ambiental comenzaron entonces a solaparse
y a utilizar enfoques de gestión similares. Al presentarse el cambio climático
como un vector de riesgo para la estabilidad financiera, se insta a los bancos
centrales a preservar dicha estabilidad y, por lo tanto, a asimilar la agenda
climática. El Consejo para un Capitalismo Inclusivo[28],
creado en 2020 en colaboración con el Vaticano[29],
hizo más explícita esta convergencia. Sus miembros, entre los que se encuentran
BlackRock, State Street, Bank of America y Mastercard, forman parte de las
instituciones que aplicaron las normas de capital de Basilea y las normas
contra el blanqueo de capitales de Wolfsberg. El mismo Consejo les comprometió
a respetar los indicadores del «capitalismo de las partes interesadas»
(stakeholder capitalism), es decir, el referencial ESG (criterios ambientales,
sociales y de gobernanza), los objetivos climáticos[30] y
las medidas de impacto social. Poco a poco, este marco técnico e ideológico se
extendió a otros ámbitos institucionales. Lo que comenzó como una búsqueda de
conformidad con el objetivo de luchar contra el blanqueo de capitales se
convirtió posteriormente en un enfoque coordinado de gobernanza social y
medioambiental. La creación de la Red para la Ecologización del Sistema
Financiero (NGFS[31])
en 2017 y la ampliación de las actividades del Grupo de Acción Financiera
Internacional al ámbito de la delincuencia medioambiental acentuaron esta
convergencia. En concreto, ahora se puede sancionar a los bancos por
incumplimiento ambiental en virtud de las nuevas normas de calificación del
riesgo.
El caso del carbono y las criptomonedas
Dos casos
concretos permiten ilustrar el funcionamiento de esta infraestructura.
Imaginemos que un
banco europeo desea financiar la construcción de una central térmica de carbón
en el sudeste asiático. Basándose en modelos informáticos[32], la
Red para la Ecologización del Sistema Financiero emite una primera alerta en la
que se demuestra que los activos relacionados con el carbón presentan un riesgo
financiero relacionado con el clima[33]. A
partir de ese momento, el Consejo de Estabilidad Financiera responde a la
alerta elevando el riesgo climático a la categoría de prioridad sistémica[34].
Remite el caso al Banco de Pagos Internacionales de Basilea para que adapte los
marcos normativos relativos al capital propio, en colaboración con la
Organización Internacional de Comisiones de Valores (OICV). Basilea traslada
entonces la alerta al ámbito de la regulación del capital. El BIS declara que
el proyecto podría requerir capital adicional. El Grupo de Acción Financiera
Internacional suma a eso la alerta sobre delitos ambientales[35]. Por
lo tanto, el avance del proyecto implicará incorporar un estudio de conformidad
reforzado en materia de beneficiarios efectivos, fiabilidad de las
asociaciones, deforestación ilegal, exposición a sanciones y cadena de
suministro. El grupo Wolfsberg entra en escena aprovechando los procedimientos
contra el blanqueo de capitales, junto con los riesgos ambientales[36]. La
construcción de la central térmica de carbón puede ser legal y rentable. Pero
las restricciones acumuladas en materia de riesgo de capital, requisitos de
divulgación, cumplimiento y exposición reputacional acaban disuadiendo su
financiación.
Segundo caso: las
criptomonedas. Imaginemos ahora que un ciudadano europeo posee bitcoins
procedentes de transacciones realizadas entre particulares durante el año 2013.
Las normas de Basilea relativas a las criptomonedas se finalizaron en 2023[37],
mientras que su aplicación comenzó en enero de 2025[38]. Los
grandes bancos comenzaron a retirar los servicios relacionados con las
criptomonedas antes de la fecha límite[39], a
lo largo del año 2024, creando así una actitud coercitiva a la que se sumó el
resto del sector bancario. El Banco de Pagos Internacionales publicó entonces
la norma SCO60[40],
que asignó a los criptoactivos del “grupo 2” una ponderación de riesgo del 1250
%. Esto obliga a una contribución de capital equivalente al importe total
invertido.
El G20 ratificó la
medida[41],
mientras que la norma apareció en los comunicados de los ministerios de
finanzas con el fin de reforzar la estabilidad financiera. Los reguladores
nacionales, la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y otras entidades la
aplicaron mediante resoluciones gubernamentales[42]. Las
directrices de Wolfsberg también contribuyeron a orientar el distanciamiento de
los criptoactivos, creando así un consenso sobre la no exposición directa a
carteras no alojadas y a transacciones que preservan la confidencialidad.
Nuestro ciudadano
europeo desea vender sus bitcoins a través de una bolsa oficial con el fin de
comprar una vivienda. Su cartera ha sido señalada. Se le solicita documentación
sobre el origen de los fondos, pero su información sigue siendo incompleta
porque las plataformas ya no existen y las contrapartes son imposibles de
identificar. Finalmente, la transacción es rechazada. Nuestro ciudadano posee
bitcoins que no podrá utilizar para comprar una casa, pagar la asistencia
sanitaria o transmitirlos a sus hijos. Sin embargo, ninguna ley le prohíbe
poseer activos en esta criptomoneda. La infraestructura bancaria, al margen de
cualquier legislación local, hace imposible la conversión de su capital en
utilidad real.
Un cambio bajo control
En términos
absolutos, esta convergencia entre tres ámbitos de gobernanza, la supervisión
financiera, la regulación del capital y la protección del medio ambiente, no es
moralmente negativa ni sinónimo necesariamente de control. Lo es cuando los
mecanismos que la componen se liberan del marco democrático o producen efectos
discrecionales en nombre del tratamiento de la amenaza o la eficacia de la
acción automatizada. Sin embargo, esto es lo que empezamos a vislumbrar en los
dos casos simulados y a través del argumento expuesto anteriormente. Más en
profundidad, el enfoque de gestión financiera y monetaria a través de la
infraestructura es similar a otras dinámicas de instalación de una
tecnoestructura en ámbitos soberanos de gobernanza, cuyo comportamiento
consiste precisamente en eludir los modos de decisión tradicionales[43] y
reforzar el control.
De hecho, todos
los organismos mencionados anteriormente evolucionan sobre la base de un poder
informativo y normativo, desvinculado de cualquier proceso de deliberación
nacional, e incluso de los procedimientos judiciales. La respuesta al riesgo
financiero de un actor privado puede ser tratada por los actores posteriores
como si se tratara de una auténtica decisión judicial, pero al margen de
cualquier procedimiento oficial. En el caso del Banco de Pagos Internacionales,
los gobernadores de los bancos centrales reunidos en la sede de Basilea no
tienen que rendir cuentas ante ningún órgano representativo o parlamentario. En
el caso de la normativa bancaria denominada Basilea III de 2010, elaborada a
raíz de la crisis financiera de 2007, bastó con un comunicado del G-20 de Seúl[44] para
que se aplicaran las decisiones. Alejarse del marco definido por Basilea
implica, en la práctica, unos costes de endeudamiento más elevados para los
países recalcitrantes, así como un acceso reducido a los servicios bancarios y
el riesgo de ser incluidos en la lista de exclusión del Grupo de Acción
Financiera Internacional.
En otras palabras,
estos organismos se esfuerzan por existir al margen de los mecanismos
judiciales y parlamentarios. Los responsables de los bancos centrales, los
expertos técnicos y los operadores privados establecen normas que, en última
instancia, se aplican a escala internacional mediante listas negras y
restricciones al capital, al costado de los marcos legislativos. Todas las
actividades financieras se controlan mediante informes de actividades
sospechosas[45]
y redes de inteligencia financiera que supervisan las existencias mediante la
calificación del riesgo y las obligaciones de precaución. Estas normas se
elaboraron en Basilea, en coordinación con el Consejo de Estabilidad
Financiera, y luego fueron implementadas por el Grupo de Acción Financiera
Internacional y el Grupo Wolfsberg. Están ratificadas formalmente por el G20 y
aplicadas por los bancos privados y las empresas de análisis, sin encontrar
oposición política o democrática. Esta infraestructura de gobernanza aplica las
normas de conformidad en ámbitos que van desde la financiación de entidades
terroristas y las normas de gobernanza corporativa (ESG, DEI) hasta la lucha
contra el blanqueo de capitales, la proliferación de armas, la delincuencia
ambiental y las emisiones de carbono. Los mandatos de duración indefinida de
algunos organismos, en particular el Grupo de Acción Financiera Internacional,
permiten eludir la legislación[46].
La Unión Europea
ilustra este mecanismo de cortocircuito, especialmente en el ámbito de la identidad
digital y las transacciones financieras con las normas de Servicios
Electrónicos de Identificación, Autenticación y Confianza (eIDAS)[47] y la
Ley de Servicios Digitales, ambas creadas por la Comisión Europea y ratificadas
rápidamente por el Parlamento.
Subversión de un sistema
La aparición de
este tipo de infraestructura no es un fenómeno marginal o sectorial. Contribuye
a la creación de una amplia matriz de gobernanza adaptativa, diseñada a escala
internacional, que funciona sobre la base de lógicas éticas, normativas,
informativas y automatizadas. Las finanzas son uno de sus principales
impulsores, junto con la moneda.
En el ámbito
monetario, iniciativas como Mandala[48],
Rosalind[49]
y mBridge[50],
impulsadas por el Banco de Pagos Internacionales, añaden al medio de pago un
carácter programable[51] y
condicional. La conformidad se automatiza y valida[52] las
transacciones realizadas posteriormente. Estas iniciativas, junto con las
monedas digitales de los bancos centrales que se están experimentando en más de
un centenar de países[53], se
inscriben en el panorama que hemos descrito. Las condiciones propuestas[54]
incluyen, en particular, el plazo de caducidad (de los activos o incluso de la
transacción), la restricción geográfica, la tipología del agente económico y la
integración del presupuesto de carbono. La moneda programable suele estar
vinculada a un componente informativo que proporciona datos sobre la identidad
de los actores[55]
e incorpora coeficientes de riesgo que determinan el coste final de
determinadas transacciones.
Esta
tecnoestructura funciona siguiendo cuatro grandes etapas inspiradas en los
principios de la cibernética: medir, decidir, actuar, aprender. Los actores que
participan en los intercambios son validados al entrar en la red, en la que se
han fijado previamente las normas. A continuación, se verifica el cumplimiento
para ajustar, o incluso rectificar, el comportamiento de los actores. Los
resultados se miden y supervisan, para luego dar lugar a la aplicación de
nuevas obligaciones en toda la red. Esta lógica se aplica a tres niveles
específicos (estatal, corporativo e individual) y se extiende a escala mundial
gracias a un régimen de coordinación monetaria. Su extensión también pasa, en
muchos aspectos, por la respuesta a situaciones de crisis, que se inscribe como
una metodología preferente. Cualquier tensión o convulsión permite, en efecto,
forzar la ampliación del radio de acción de los bancos centrales y ratificar
una fusión más avanzada entre las dimensiones fiscal y monetaria.
A lo largo del
camino, es evidente que lo que comenzó como un imperativo de regulación
financiera se ha transformado en una red de bancos centrales, centrada en el
Banco de Pagos Internacionales, con el fin de activar un nuevo sistema de
intercambios programables y condicionales. La promoción de marcos éticos, que
dan gran importancia a la justicia social, medioambiental e intergeneracional,
ha constituido un doble escudo teleológico y perceptivo para legitimar esta
transformación. Ha tendido a hacer que las reticencias sociales resulten
contradictorias y condenables.
Una revolución silenciosa en marcha
Este cambio es
profundo, pero silencioso. La revolución liberal del siglo XVIII había
consolidado una hegemonía mundial, al menos con vocación internacional, basada
en las tesis del libre comercio, la deliberación democrática y el impulso
revolucionario. A lo largo del siglo XX, la misma búsqueda de preeminencia
llevó a varios ideólogos a enunciar tesis colectivistas que apuntaban a la
misma búsqueda de monopolio. Karl Marx y Friedrich Engels prescribieron una
centralización monetaria que gravitaría en torno al Estado y que debía pasar por
la creación de un banco nacional dotado de un monopolio exclusivo. Moses Hess
sostenía que la economía debía servir a la dimensión moral más que al interés
material, y que la gobernanza económica debía regirse por principios éticos.
Eduard Bernstein descartó la idea de una ruptura revolucionaria, favoreciendo
la inserción de los principios socialistas en los engranajes del capitalismo
mediante una toma de control progresiva. Alfred Zimmern abogó por la necesidad
de una administración internacional, encarnada en un cenáculo de tecnócratas
capaces de operar por encima de los regímenes soberanos y de las relaciones
caóticas que mantenían los Estados entre sí. Lenin, por último, apostaba por la
contabilidad y el control generalizados y consideraba que la gestión de una
economía compleja debía basarse en una medición precisa de los flujos y las
existencias.
Estos dulces
sueños se están convirtiendo en una realidad operativa en este comienzo del
siglo XXI. Uno tras otro, han cobrado forma en la declaración de una nueva base
ética, en una normalización codificada en la red informática, en la
coordinación de los bancos centrales, en las monedas “positivas[56]” o
en las monedas digitales de los bancos centrales. Ninguno de estos cambios se
ha descrito como una transformación revolucionaria. En apariencia, se hace
hincapié en la modernización técnica del sistema y en su capacidad para
responder a las crisis, estabilizar las finanzas y hacer más eficaces las
transacciones. La arquitectura resultante, barnizada con el término
“capitalismo inclusivo”, es a la vez dual, discrecional y gerencial, diseñada
para eludir la inteligencia humana en nombre de la eficiencia y la
automatización. El sistema piramidal que está surgiendo ante nuestros ojos está
impulsado por un enfoque materialista y tecnocrático que se erige moralmente
por encima de la arena social en virtud de su inclusividad y sostenibilidad. El
horizonte último, que merecería aquí un desarrollo por separado, es el de la
construcción de un “ecosistema total” entre el hombre y su entorno[57]. El
historiador Yuval Noah Harari ha asociado a este cambio el término “dataísmo”[58], sin
dejar de insinuar que se trata del canto del cisne de la democracia liberal[59].
Por lo tanto, se
trata de un movimiento profundo en el que se juegan muchas cartas. La nueva
infraestructura monetaria y financiera tiene que ver con la orientación, las
reglas y la geometría de los intercambios entre todos los actores, desde el
Estado hasta el individuo. No obstante, las capas estrictamente productivas del
sistema de bienes y servicios se ven menos afectadas, ya que dependen en gran
medida de variables tecnológicas e industriales. El sentido del sistema
económico sí se ve fuertemente afectado, como lo demuestra el predominio de la
ética y la búsqueda de una renovación semántica en términos como “capitalismo
inclusivo” o “bien común”.
Estas
transformaciones tienen importantes repercusiones en el ámbito de las
relaciones de poder geoeconómicas y geopolíticas. En este sentido, es
importante destacar que todos los bandos actuales del llamado mundo multipolar
abonan a una infraestructura de este tipo. Tanto las instancias occidentales
del G20 como las del BRICS[60], la
Organización de Cooperación de Shanghái[61] o la
Unión Africana[62]
cooperan con el Banco de Pagos Internacionales y sientan las bases de esta
agenda, siguiendo enfoques aún compartimentados, pero compatibles[63].
Dialéctica y gestos retóricos
¿Cómo no
sorprenderse del escaso descontento expresado por las clases ilustradas con
respecto a esta arquitectura? Si bien la gradualidad de los cambios puede
explicar en parte esta indulgencia, se han expresado críticas virulentas. Por
un lado, Shoshana Zuboff vio en la capa comercial e informacional del
capitalismo una “grave violación de la dignidad humana” a través de la
recopilación masiva de datos sobre el comportamiento de los internautas con
fines lucrativos. John Perry Barlow fue el primero, hace dos décadas, en
denunciar la intromisión de los Estados y la industria en el nuevo perímetro
informacional formado por el ciberespacio[64].
Otros autores como Evgeny Morozov, David Lyon y Oscar Gandy siguieron esta
tendencia y continuaron denunciando la vigilancia masiva y su concentración en
las redes. Por otro lado, Thomas Piketty atacó el capitalismo señalando el
aumento histórico de las desigualdades debido a la primacía del crecimiento del
capital sobre el de los sistemas económicos. Otras críticas similares han
podido escucharse en economistas como Paul Krugman, Jeffrey Sachs, Joseph
Stiglitz, Lawrence Summers, Alan Greenspan y Robert Rubin.
Sin embargo, hay
que señalar que estos múltiples autores y sus respectivas críticas omitieron
describir los resortes financieros y monetarios del sistema en ciernes. Zuboff
se centró exclusivamente en la capa de vigilancia comercial operada por los
actores privados y no mencionó las lógicas financieras descritas anteriormente,
a pesar de que cerca de 130 países van experimentando estas monedas digitales
desde hace una década. Su prisma la llevó finalmente a defender nuevas
funciones monopolísticas del Estado para combatir lo que ella identificó como
una patología extractiva de los actores privados. Los movimientos que denuncian
el acaparamiento del espacio informacional se focalizaron de hecho en la
cuestión de los derechos y los datos. De manera similar, el énfasis de Piketty
en las desigualdades lo lleva a abogar por una transparencia financiera total y
la bancarización de los ciudadanos bajo los auspicios de los bancos centrales,
al mismo tiempo que declara, en segundo plano, que los Estados-nación siguen
siendo impotentes para administrar el capital transnacional[65]. Las
medidas reguladoras que propone son las que se están construyendo de facto (registro
financiero mundial, moneda digital del banco central, cuenta de carbono
individual).
Estos gestos
retóricos, observables en diferentes escuelas de pensamiento, son característicos
de la tectónica de placas intelectuales que está en marcha en esta transición.
Como en el pasado, los constructores de ideología se posicionan dialécticamente
a ambos lados del sistema que se quiere modificar con el fin de forzar la evolución
deseada mediante un trabajo simultáneo sobre su afirmación y su negatividad. En
otras palabras, los detractores y los defensores del protosistema tienen en
común el hecho de argumentar a favor de una misma perspectiva de refuerzo de la
centralización estatal y del control, la soberanía sobre los datos, la
descentralización o el freno a la vigilancia tendiendo a ser sacrificados en aras de las contradicciones
del capitalismo actual.
La contención
cognitiva que acompaña al surgimiento de este sistema refuerza aún más la
importancia de descifrar en profundidad su arquitectura. Los nuevos engranajes
que se infunden en el sistema monetario y financiero se conciben como
herramientas al servicio de un proyecto más amplio de gestión corporativa del
planeta. Por lo tanto, es importante tanto examinar este macrosistema en sus
particularidades sectoriales, como intentamos hacerlo, y examinarlo con un
enfoque global en pos de medir su alcance. Dada la rapidez de los cambios,
¿sigue siendo necesario precisar que el tiempo apremia?
* * *
Notas:
[1]Creado en el marco del G7 en París en 1989 para luchar contra el lavado
de dinero vinculado a la droga. https://www.fatf-gafi.org.
[8]https://www.imf.org/external/pubs/ft/fiu/index.htm
https://www.coe.int/en/web/moneyval/implementation/fiu https://www.nationalcrimeagency.gov.uk/what-we-do/crime-threats/money-laundering-and-illicit-finance/ukfiu
[25]https://www.fsb.org/2025/07/fsb-roadmap-for-addressing-financial-risks-from-climate-change-2025-update/
[29]https://www.catholicnewsagency.com/news/46848/council-for-inclusive-capitalism-launches-partnership-with-vatican
[34]https://www.fsb.org/work-of-the-fsb/financial-innovation-and-structural-change/climate-related-risks/
[35]https://www.fatf-gafi.org/content/dam/fatf-gafi/reports/Money-Laundering-from-Environmental-Crime.pdf
[39]https://www.duanemorris.com/alerts/banks_regulatory_pause_engaging_cryptocurrency_activities_0724.html
[41]https://www.imf.org/-/media/files/research/imf-and-g20/2024/imf-fsb-g20-crypto-asset-policy-implementation-roadmap.pdf
[42]https://www.bankofengland.co.uk/prudential-regulation/publication/2024/september/implementation-of-the-basel-3-1-standards-near-final-policy-statement-part-2
[43]El asalto tecnocrático de la IA https://shs.cairn.info/revue-securite-globale-2025-3-page-43?lang=fr
[45]https://www.nationalcrimeagency.gov.uk/what-we-do/crime-threats/money-laundering-and-illicit-finance/suspicious-activity-reports
[51]https://www.ecb.europa.eu/euro/digital_euro/timeline/profuse/shared/pdf/ecb.degov230222_item21summaryinputconditionalcrosscurrency.en.pdf
[54]https://boi.org.il/media/lumjpcuy/%D7%90%D7%A8%D7%9B%D7%99%D7%98%D7%A7%D7%98%D7%95%D7%A8%D7%94-%D7%9C%D7%95%D7%92%D7%99%D7%AA-%D7%90%D7%A0%D7%92%D7%9C%D7%99%D7%AA.pdf
[55]https://www.iiss.org/online-analysis/six-analytic-blog/2025/08/national-digital-ids-in-the-age-of-artificial-intelligence/
[65]https://books.mipt.ru/book/305759
* * *
Lectura relacionada:
LA DEUDA Y LAS MENTIRAS VERDADERAS
Por Baron Bodissey
https://restaurarg.blogspot.com/2021/12/la-deuda-y-las-mentiras-verdaderas.html
* * *









