LA HUMILLACIÓN

 

La fuente de su poder es otra: las fuerzas del cielo, el capital financiero o su propia policía secreta.


Autor: Santiago González - Gaucho Malo (@gauchomalo140)

Nota original: https://gauchomalo.com.ar/la-humillacion/ 

El presidente Milei parece haber encontrado el arma adecuada para el triple objetivo de destruir la clase media, la política y el Estado.


El fuego arrasó en el sur con bellezas naturales seculares que la mayoría de los argentinos, incluidos los que nunca estuvieron en ese lugar, consideran propias, parte de su patrimonio nacional. Esa potestad orgullosa de los ciudadanos sobre los lugares más hermosos del país nace del amor por la propia tierra y se expresa institucionalmente en el sistema de Parques Nacionales, creado al mismo tiempo para protegerlos y para permitir su disfrute libre, cuidadoso y ordenado a quienes quieran visitarlos.

Toda la reacción del presidente Javier Milei sobre ese penoso siniestro fue difundir una imagen falsa que lo muestra estrechando la mano de un bombero en el lugar del incendio, rodeados ambos hombres por otros que contemplan la escena contra un fondo de bosques envueltos por las llamas. La imagen no es auténtica en su contenido, pero refleja como ninguna otra la naturaleza de su gobierno: ausencia de conciencia nacional, desprecio por la tierra y su gente, humillación como herramienta para la construcción de poder.

En realidad, el principal efecto de esa imagen, buscado o no, es la humillación. Al falsearla, Milei les está diciendo a los argentinos: “No me importa la Argentina, no me importan los peligros que corre ni los esfuerzos de quienes tratan de protegerla, no me importa que ustedes consideren los paisajes del sur como cosa propia y les dirijan una mirada amorosa. Y me atrevo además a decírselo en la cara porque estoy seguro de que no van a reaccionar, porque los sé lo suficientemente acobardados como para tolerármelo.”

Si ha habido una constante en el gobierno de Milei es la destrucción incesante de todo lo que,  por diferentes razones y en diferentes ámbitos, era querido para algunos argentinos, o respetado como ancla de protección, asesoramiento o referencia, desde el INTA y el INTI hasta el ANMAT y el Instituto Malbrán, desde el hospital Garrahan hasta la Fundación de la Hemofilia, desde los grandes proyectos nucleares y satelitales hasta los institutos de cine y de teatro. Nada de eso representa una porción significativa del presupuesto, pero sí es motivo de orgullo e identidad.

Humillación es también poblar los cuerpos legislativos con personajes incompetentes y maleducados, administrar la relación del gobierno federal con las provincias sobre la base del robo y la extorsión, pisar los sueldos del personal uniformado, abastecer a las fuerzas armadas con equipamiento obsoleto y pertrechar a las de seguridad exclusivamente con vistas a la represión y el control social, librar la educación y la salud públicas a su suerte.

La humillación se manifiesta asimismo en una política exterior ignorante del interés nacional, ajena a las conveniencias regionales y totalmente subordinada a los designios de Washington, justamente cuando allí se propone una política de seguridad nacional que considera el hemisferio, de polo a polo, como área de su exclusiva incumbencia y autoridad. El presidente ha demostrado tibieza en la reivindicación soberana de las islas Malvinas, y ha festejado el inédito bombardeo de una capital sudamericana por los Estados Unidos.

Milei y su gobierno se ufanan de esa destrucción, que cada día busca nuevos objetivos, porque su verdadero propósito no reside en ellos, sino en la humillación sostenida que esa embestida inflige a buena parte de los argentinos, que no aciertan a encontrarle respuesta. La humillación, que inició con un mensaje inaugural de espaldas al Congreso, ha sido para el presidente una herramienta fundamental de construcción política y de transformación drástica de las bases mismas de la organización nacional.

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El uso político de la humillación es un fenómeno muy poco estudiado fuera del ámbito de las relaciones internacionales donde su empleo ha sido frecuente (regímenes coloniales, Tratado de Versailles, por ejemplo). La humillación doméstica, por llamarla de algún modo, es más rara, y su referente clásico es Calígula, el emperador que nombró senador al caballo Incitatus para subrayar la abyección de la casta política romana, que previsiblemente lo aceptó sin chistar.

Esta rareza de la humillación doméstica es comprensible, porque ningún gobernante querría presidir sobre un pueblo humillado; por el contrario, buscaría ganarse su cariño y respeto ya que en el consentimiento de ese pueblo se encuentra su sostén. A menos que entienda que la fuente de su poder es otra: las fuerzas del cielo, el capital financiero o su propia policía secreta. Entonces podría decir como Calígula: “No importa que me odien, siempre que me teman”.

Ute Frevert, una relevante estudiosa alemana de este tema, insiste en que la humillación política sólo es posible entre personas de la misma condición: un rey no humilla a sus súbditos con sus arbitrariedades porque tiene el derecho divino de llevarlas a cabo; un presidente constitucional, en cambio, sí humilla, porque su dignidad, como la de sus ciudadanos, depende de la ley, y como ellos debe responder a la ley en paridad de condiciones.

Las arbitrariedades de un presidente resultan humillantes porque se burlan del sistema mismo del que emana tanto su poder presidencial como la dignidad ciudadana de sus gobernados. El presidente que humilla le da a entender a sus gobernados que la fuente de su poder es en realidad otra que el derecho, y les exige el reconocimiento de ese poder. Los estadounidenses repudian las arbitrariedades de Trump al grito de No king!: no queremos un rey.

El ejercicio sostenido de la humillación sobre un pueblo apunta a quebrarle la dignidad, acobardarlo, y naturalizar el sojuzgamiento, vale decir instilarle la noción de que existe una diferencia de condición insalvable entre el gobernante y el gobernado, como la que existía entre reyes y súbditos. La humillación, la aniquilación de la identidad y la destrucción de los sistemas simbólicos y las realizaciones prácticas que la sostienen ha sido la herramienta favorita de los regímenes coloniales.

Los reyes se humillaban ante Dios porque entendían que de él venía su poder. Hemos visto a Milei colocarse voluntariamente en situaciones humillantes, las más de las veces fuera del país y no precisamente ante Dios, lo que nos permite inferir de dónde cree él que emana su poder. Milei se instala por propia decisión en el lugar del representante local de un poder superior y distante: el lugar de un virrey, de un funcionario de colonias, del administrador de una franquicia.

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En las sociedades occidentales, más o menos capitalistas y más o menos democráticas, es posible distinguir tres estratos bien diferenciados. La clase alta y la clase baja viven en mundos eminentemente prácticos, saben perfectamente lo que quieren y no se engañan; la clase media, en cambio, vive en un mundo predominantemente simbólico, ideológico y leguleyo, y enmascara de mil modos su ambición de ascenso social y su miedo pánico a la caída.

Los Kirchner, tan parecidos a Milei en la manera de construir poder, se divertían humillando de a ratos a la clase poderosa porque las circunstancias les habían provisto los fondos necesarios para sostener y hacer visible ese entretenimiento, le aseguraban a la clase media una provisión sostenida de estupefacientes ideológicos, y mantenían en calma a las clases bajas gracias a un aceitado sistema clientelar que sería luego aprovechado por Macri.

Milei, en cambio, ha colmado de beneficios a la clase alta y ha asegurado la subsistencia de la clase baja, en principio porque sabe que cualquiera de las dos puede ofrecer una respuesta letal a las maniobras humillantes. Se ha ensañado en cambio con la clase media porque reconoce en ella el eslabón más débil de la cadena. La ha empobrecido de hecho en beneficio de las otras dos: aumentan los servicios, aumenta la AUH, no aumentan los salarios.

El presidente no sólo ha vuelto casi irrisorio el capital financiero de una clase media desorganizada y confundida, sino que le dinamita día a día, como describimos más arriba, el capital simbólico (institucional, científico, educativo) sobre el que asienta su identidad. La compensa, cínicamente, con el cotillón vulgar de la batalla cultural y la lucha contra la casta, los ñoquis, los kukas y los peronchos.

Y la encandila con el dólar barato, que le permite mantener con vida la ilusión del ascenso cuando en la Argentina humillada de Milei no hay lugar ni futuro para la clase media. Lo cual sanciona paradójicamente el viejo sueño del progresismo clasemediero: ¡por fin somos, y para siempre, Latinoamérica, la Patria Grande! Por cierto no la del Che y los bolivarianos, sino la anterior, la de la desigualdad, la sumisión, el patio trasero, el gran garrote y la Doctrina Monroe.

Ocurre que en la visión economicista de la sociedad que propone Milei sólo hay lugar para capitalistas y trabajadores. La clase media carece de sentido como tal y sus integrantes deben acomodar su mentalidad a la realidad de su situación: tanto el tornero y el soldador como el abogado y el gastroenterólogo trabajan para el capital. El capital no tiene patria ni bandera, y en su planilla de cálculo el tornero no difiere del gastroenterólogo sino, tal vez, en lo que le paga por sus servicios.

En el uso político que Milei hace de la humillación, la sumisión del humillado aparece así menos como una forma de control que como un primer paso hacia su total exterminio. Y esta comprobación explica otra dirección significativa de sus energías para la denigración y el insulto: la que apunta contra la política y el Estado, actividades e instituciones que, en la visión del presidente, parasitan la economía y obstaculizan su desarrollo normal imponiendo un costo innecesario a la sociedad.

Estos blancos dominantes de la humillación presidencial están íntimamente relacionados: en las democracias occidentales, tal como quedaron configuradas luego de la segunda guerra mundial, la vitalidad de las instituciones del Estado y del debate político está íntimamente relacionada con la extensión, fortaleza y prosperidad de la clase media. Ni la clase alta ni la clase baja tienen “ideas” sobre cómo deben organizarse las cosas: luchan, cada una en su ámbito, por su propia supervivencia. Es una lucha de poder, no de ideologías.

Ya entrado en el tercer año de su mandato, el gobierno de Javier Milei no tiene nada para mostrar. Se jacta de un equilibrio fiscal conseguido a fuerza de emisión oculta y préstamos externos, y de una exitosa lucha contra la inflación, cuyo índice no ha dejado de subir en los últimos siete meses. Su columna de realizaciones está absolutamente en blanco, mientras que la de destrucciones, conseguidas a fuerza de humillación y agravios, se extiende a lo largo de páginas y páginas sin otra compensación que el cambio de paradigma.

La gestión gubernamental no anticipa novedades: las dos grandes leyes en las que centra ahora sus esfuerzos, presupuesto y reforma laboral, apuntan en la misma dirección nihilista, tanto como sus alineamientos geopolíticos, y exigirán de los argentinos nuevas dosis de humillación. “La humillación —dice el antropólogo Shahram Josravi, de la Universidad de Estocolmo—, es una acción que provoca una reacción: sumisión, resistencia o represalia.” Previsiblemente, nuestro futuro habrá de orientarse por alguno de esos tres caminos.

–Santiago González


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