TAL VEZ LLEGÓ EL MOMENTO DE APLICAR LOS PRINCIPIOS DE FRANCISCO


  Muchos obispos han sido y están siendo cómplices del proceso.



Autor: Caminante Wanderer (@CaminaWanderer)


Padres obispos, apliquen los principios de Francisco


El Papa Francisco, de feliz memoria, seguía cuatro principios desde que era sacerdote jesuita, los cuales inscribió, como Yavhé las Tablas de la Ley, en su exhortación apostólica Evangelii gaudium (nn. 222-237). Ellos son: 

  • El tiempo es superior al espacio: priorizar los procesos sobre la ocupación inmediata de espacios de poder; iniciar procesos más que poseer espacios.

  • La unidad prevalece sobre el conflicto: no negar ni ignorar el conflicto, sino asumirlo y transformarlo en un «eslabón de un nuevo proceso», buscando la comunión en las diferencias antes que la uniformidad o la victoria de una parte sobre otra.

  • La realidad es superior a la idea: evitar que las ideas se desconecten de la realidad concreta, cayendo en idealismos, formalismos huecos o «declaracionismos» desprovistos de encarnación práctica.

  • El todo es superior a la parte: mirar siempre la totalidad (el bien común, la Iglesia universal, la globalidad) sin perder de vista lo local y lo pequeño, evitando tanto el particularismo estrecho como una globalización que aplaste las diferencias, según la imagen del poliedro (que integra las partes conservando su singularidad) frente a la esfera (que las uniforma).

Más allá de la opinión que podamos tener sobre Bergoglio, los principios son interesantes y seguramente útiles en muchas circunstancias. Por eso, me atrevo a sugerirle a los miembros del venerable episcopado argentino, que hagan suyos los principios bergoglianos y me auguro que, de ese modo, las cosas comenzarán a funcionar mejor en la iglesia que peregrina en Argentina.

Les propongo un estudio de caso en el cual aplicar esos principios. El caso es la peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad que se realiza anualmente al santuario de Nuestra Señora de Luján. Se trata, como sabemos, de una peregrinación que busca defender, sostener y mantener el rito romano tradicional, y en ese rito se celebran innumerables misas a lo largo de los tres días de recorrido. Por supuesto, Mons. Jorge Scheinig, obispo de Mercedes-Luján, prohibe celebrar la misa de clausura en la basílica y, en su reemplazo, sólo permite un rosario rezado a las apuradas frente al Santísimo expuesto y liderado por uno de los sacerdotes del templo. 

Me adelanto y le señalo a Mons. Scheinig que está atentando contra el segundo principio, que indica que la unidad prevalece sobre el conflicto. Él, inútilmente, está generando un conflicto que terminará, tarde o temprano, volviéndosele en contra. Junto a la enorme mayoría de los obispos argentinos, intenta boicotear un fenómeno que no deja de crecer anualmente, y que necesariamente, en virtud de los principios de Francisco, lo pasará por arriba, porque la realidad es superior a la idea. Sabemos que capellanes de universidades y colegios católicos aplican estrategias varias para disuadir a los estudiantes de asistir a la romería. O bien organizan ese mismo fin de semana alguna actividad más o menos obligatoria, o bien los amenazan con el infierno pues les aseguran que los organizadores están fuera de la Iglesia ya que son lefebvristas (si supieran que la FSSPX milita en sus homilías la misma prohibición de asistir a la peregrinación, se llevarían una sorpresa) o, incluso, advierten a los profesores y preceptores que, en caso de asistir, perderán sus trabajos.  

Pero, indefectiblemente, la realidad es superior a la idea. Los obispos y buena parte de los sacerdotes podrán tener ideas muy claras y definidas de lo que debe gustarle a los jóvenes, de lo que debe ser la Iglesia y de lo que debe ser la liturgia. Una suerte de deber ser kantiano. Pero, como decía el Papa Francisco, se trata de ideas desconectadas de la realidad concreta, y que caen en idealismos desprovistos de encarnación práctica. La realidad, tarde o temprano, se impone

La peregrinación NSC crece sostenidamente año a año en un 10%. En esta ocasión, peregrinaron 2350 personas inscritas, aunque muchas más se sumaron a lo largo del recorrido. La enorme mayoría de los participantes son jóvenes de entre 17 y 20 años, y asisten de todos los rincones del país, con la participación también de capítulos de países vecinos. Y son acompañados por sacerdotes; esta vez fueron más de cuarenta que llegaron a las puertas de la basílica exhaustos no sólo por el cansancio de la larga caminata, sino por el servicio pastoral que prestaron, oyendo confesiones, aconsejando, celebrando la santa misa, etc.

Es una realidad que se impone frente a las narices episcopales; no pueden negarla, aunque pretendan hacerlo apoyados en sus ideas. Insisto con Francisco, la realidad es superior a la idea. Y quien se aferra a la idea y desconoce la realidad, termina aplastado por ésta, como ocurrió con la Unión Soviética tal como explicamos hace algunas semanas. Es cuestión de tener paciencia y no apresurarse declarando “estado de necesidad”, y rompiendo todo. La virtud de la fortaleza se demuestra más en la resistencia y en la hypomené que en el ataque.

En los últimos meses hemos discutido (aquí y aquí) la realidad alarmante que enfrenta la Iglesia argentina. Recordemos algunas cifras. En 1980, había 20400 agentes consagrados (sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas); en 2020 eran 14981. En el mismo periodo, la población aumentó en un 67,53%. Es decir, los consagrados disminuyeron en un 26,56% y la brecha respecto de lo esperado fue del 56,17%. La situación en la actualidad, seis años más tarde, seguramente es mucho peor.

Recordemos el caso de los fieles con estadísticas publicadas por la Universidad de Buenos Aires. Sólo el 57,7% de los argentinos se considera católico, y de ellos, sólo el 4,7% asiste a misa dominical. En 1960, el porcentaje de católicos era del 90% y se estima que el 23,5% asistía a misa los domingos. Esta descristianización masiva y continuada no se produjo por sí sola. Fue deseada, fomentada y organizada, pues no se puede obligar a un pueblo a separarse de sus raíces durante décadas sin provocar una reacción violenta. ¿Quiénes la fomentaron y organizaron? Podemos suponer varios actores, pero indudablemente muchos obispos han sido y están siendo cómplices del proceso, aún con las mejores intenciones. Probablemente, no se den cuanta de que están jugado con fuego.

Por eso, con respeto digo: Padres obispos, abran los ojos y pongan las barbas en remojo. Se les pedirá cuenta de cada alma que les fue confiada, y lo cierto es que las están perdiendo a centenares de miles por año. Excelencias, la realidad es superior a la idea; no den coces contra el aguijón (Act. 26,14). ¿Por qué el empecinamiento en entorpecer iniciativas que son pastoralmente exitosas, que no se apoyan en banderías políticas, que no buscan el conflicto, que se adhieren a los principios de la fe? En pocas palabras, por qué ubicar al conflicto por sobre la unidad, desoyendo de ese modo la palabra de Francisco. No nieguen ni ignoren la realidad, aunque no les guste; más bien asúmanla y transfórmenla en un “eslabón de un nuevo proceso”, buscando la comunión en las diferencias antes que la uniformidad o la victoria de una parte sobre otra (Evangelii gaudium 226). 

Y les digo también: no olviden la repetida imagen del Papa Francisco cuando nos hablaba del poliedro, el cuerpo geométrico que integra las partes tan diversas que lo componen y que conservan su singularidad, a diferencia de la esfera, que las uniforma. Recuerden que 

El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad (Evangelii gaudium 226). 

No les pedimos que obliguen a todos sus sacerdotes a celebrar la misa tradicional; no les pedimos que saquen las guitarras y los bombos de sus liturgias; no les pedimos que prohíban a sus sacerdotes celebrar la misa vestidos de payasos; no les pedimos que cambien sus discursos; no les pedimos que nos financien; no les pedimos que nos cedan los templos para rendir culto a los ídolos o para anunciar doctrinas contrarias a lo que enseña la Iglesia.

Lo único que les pedimos es que nos reconozcan, que nos den un espacio en la Iglesia, que nos reciban cuando les solicitamos una audiencia, que nos escuchen y que no tengan el rechazo como respuesta única; que no exacerben el conflicto sino que propicien la paz litúrgica. Les pedimos que no cancelen a los sacerdotes que nos asisten; que los protejan, que no los persigan, aíslen y exilien; que no los castiguen ni los humillen; también por ellos se les pedirá cuenta. Les pedimos que usen su cayado para apacentarnos y no para golpearnos, que usen misericordia y ternura para con nosotros, que somos parte del rebaño que les fue confiado. Les pedimos, con el Papa Francisco, que no pretendan que sus diócesis sean esferas, sino que admitan lo diverso y lo distinto; que aspiren al poliedro y no a la esfera.

Si no lo hacen, más allá del juicio que les estará reservado ante el Supremo Juez y que los comprometerá por toda la Eternidad —y en lo cual no me meto—, estarán despreciando una oportunidad, quizás aún pequeña, pero que ayuda a que la Iglesia no sigan disminuyendo en Argentina y que sus ovejas se dispersen.

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Totsuya Ishida:

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