EXCELENCIAS DE LA NADA

 

La derrota del Movimiento Más Grande de Occidente no fue un hecho aislado.


Autor: Sin Factura, por César Marcos

Nota original: https://uganda.substack.com/p/excelencias-de-la-nada

Esto es Uganda (@estoesuganda)


En la Tierra Nuestra existió un Gigante, al que, sus enemigos, repetidas veces intentaron matar. Y en todas fallaron. Se creó el mito, entonces, de que el Gigante era indestructible: siempre se regeneraba desde sus miembros fragmentados.

Los primeros científicos intuyeron alguna predisposición genética surgida en Aluviones Zoológicos. Más tarde reforzaron sus tesis con las cuantificaciones sociológicas de Germani. Finalmente, recayeron en las bondades explicativas del populismo como degeneración democrática.

En definitiva, el Gigante una y otra vez, reaparecía. Así llegamos a los días que corren.

En el misterioso 2025, el peronismo obtuvo su peor resultado electoral. Hubo abundantes explicaciones. Pero la realidad no se doma al culpar a la comunicación, a la coyuntura o a la manipulación del electorado.

La derrota del Movimiento Más Grande de Occidente no fue un hecho aislado. Ni a causa de un complot o un malentendido. La señal se hizo clara: si la gente deja de apoyar es porque los líderes dejaron de entender los cambios y los deseos de los votantes.

Esto, en la Tierra Nuestra, es un cambio importante. El valor del peronismo fue que conectaba con las preocupaciones reales de la gente, era lo auténticamente popular en una política de gorilas. Y si esa unión se pierde, no alcanza con repetir eslóganes. El gran tema está en cómo interpretar la realidad.

Hay, sin embargo, un elemento más profundo que conviene no perder de vista. Una pulsión de origen.

El peronismo fue, ante todo, la expresión política del carácter plebeyo argentino, la pulsión igualitaria que describen los sociólogos. Una fuerza surgida de los Hijos de Nadie, de aquellos que no tenían linaje ni lugar asignado en un orden social idiosincráticamente sin noblezas.

Como toda fuerza histórica eficaz, reforzó también su propia contradicción: la infinita Clase Media. El monstruo que luego intentaría devorarlo. Por momentos, bajo la forma de una reacción destructiva frente a ese ascenso. Por otros, a través de sus propios hijos: aquellos que buscaron reconfigurarlo desde adentro. Es un breve resumen de los años 70.

Pero, en 2023, esa tensión adopta una forma nueva. Irrumpe otra pulsión, en cierto modo antagónica: la de la libertad individual. El viejo reflejo plebeyo del ¿quién te creés que sos? empieza a ceder ante otra demanda: dejame progresar (o fracasar) tranquilo.

Incapaz de procesarlo, el peronismo resignó los fundamentos del justicialismo y se volvió culturalista. Se radicalizó en el igualitarismo, lo que terminó convirtiéndolo en una expresión con vanidades socialistas. Por eso hoy se regodea con la guerra contra los ricos de Mamdani y los socialistas democráticos neoyorquinos.

Lo que figura en los Anales es que el justicialismo es una filosofía práctica que tiene tres pilares. El primero: una Doctrina, compuesta de un conjunto de verdades, libros, artículos, discursos y conferencias de su fundador. Luego, una serie de Cuerpos Orgánicos que, emergentes de su seno movimentista, confluyen más o menos directamente en su herramienta jurídico-partidaria con vocación frentista. Y finalmente, una Experiencia Histórica, con sus decisiones situadas (ver, apreciar, decidir, actuar) para responder a los acontecimientos.

El Antiguo Régimen tuvo su desarrollo hasta que murió Perón. Luego debió desplegarse en su ausencia, con renovaciones, repliegues, reconquistas. Esa es la historia reciente, que abarca la democracia de cuatro décadas.

La paradoja, como siempre, no tarda en llegar. Así dejó de responder a los intereses de la sociedad y se autoproclamó portador de la Verdad Popular hasta despreciar conscientemente los deseos de progreso, de orden o de reconocimiento ciudadano.

La idea motriz de este corrimiento es básicamente gorila: el pueblo no tiene voluntad ni intención genuina. Es arrastrado, manipulado, castigado, envilecido, utilizado arbitrariamente por fuerzas malignas.

Irrumpe la Gran Deformidad histórica del progrenismo, es decir, el peronismo no-justicialista, basado en corrientes del progresismo democrático e indiferente a las categorías doctrinales. Esto permitió que el gorilismo, como vertiente cultural que encontraba expresión política en el antiperonismo, lograra acomodarse políticamente en frentes electorales junto al peronismo. E, incluso, a ingresar al Partido Justicialista.

El problema creció como una bifurcación entre la existencia del justicialismo, diluido en el sistema partidocrático, y la propagación del peronismo como fenomenología estética, una impronta que admitía cada vez más autopercepciones, incluso la de sus antiguos detractores.

Los Herederos que dejó el líder muerto fueron muchos, cada vez más, y para todos fue legítimo reclamar la bendición de su pertenencia. Si todo se reduce al Amor frente al Odio, es algo simple, abierto, útil para cualquiera. Así empezó la Falla Cognitiva.


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En otro momento, se le puso nombre a la idea práctica: la Comunidad Organizada, conceptualizada en el Congreso Nacional de Filosofía en Mendoza, donde el Líder explicó el carácter originalmente anticomunista de la doctrina. El rechazo a la expansión del Estado sobre los individuos se justificaba en la insectificación del hombre que ese modo de producción acarreaba.

Era el objetivo, pero no fue cumplido. Quedó abortado con ataques terroristas de extracción Cívica Radical y bombardeos sobre la población.

Esto, evidentemente, es historia del Antiguo Régimen, que tuvo su primera rebelión interna en los años 70, cuando las que habían sido Formaciones Especiales reclamaron su condición de Permanentes, y fueron expulsados de la Plaza.

Esa inclinación álmica hacia el vanguardismo iluminado de las juventudes setentistas, posteriormente, cuando se la creía acabada, también se regeneró entre lectores de Althusser.

La resurrección parece un hábito de todas las tendencias. Lo interesante está en las particularidades específicas que esos renacimientos adquieren al interactuar con el contexto histórico.

En el presente, el justicialismo, como versión política, dejó de ofrecer desafío, intensidad, movilidad, capacidad de orientación, disminuído en un frente político sin arraigo ni fortaleza. Y eso se hizo patente en la realidad electoral.

Ante cada derrota republicana, como única potencia expansiva quedaba el esteticismo del peronismo transgresor que, ante los primeros síntomas de crisis, pretendía acumular con moralinas y victimizaciones.

Esto no fue un mero espontaneísmo para acomodarse a la época. Hubo cambios demográficos sustanciales en el medio.

Las corrientes migratorias políticas trajeron a nuevos jóvenes y a sectores aspiracionales que siempre habían encontrado en otras fuerzas una propuesta emocional y simbólica más correcta. Pero ahora parecían auténticamente conmovidos con la desdichada Eva y hasta podían consentir la picardía castrense de Perón.

Recurrir a los muertos tiene la ventaja de poder perdonarlos al apropiarse de su nombre.


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Como en la obra de Pirandello, los personajes están en busca de un autor. La derrota no puede explicarse solo por la insistente crisis de representación. En el fondo, reveló una crisis de comprensión política de la realidad histórica. Esa es la Falla Cognitiva: ningún movimiento puede tomar el poder sin entender la sociedad en la que actúa.

Veamos estas corrientes migratorias con más detenimiento.

El kirchnerismo de la Primera Época, los años de la transversalidad de Néstor, había convocado a una significativa cantidad de antiguos adherentes de partidos liberales de izquierda, seducidos por el antipejotismo declamado y la centralidad de los derechos humanos.

Eran años donde la Prensa de Clase Media exaltaba las virtudes de la recuperación del PBI, que combinaba saldos generosos en el comercio exterior con la reactivación del mercado interno.

Son los tiempos de los radicales K y de socialistas a disgusto como Jorge Rivas, a nivel nacional, o en Uganda, con el arrime del Tigre Cavallero y los devotos de su intendencia mitológica.


A nivel político, ese primer momento de progresismo pequeñoburgués tuvo su reacción adversa en el 2007, con el triunfo del socialismo en Santa Fe. El estallido por las retenciones móviles en marzo de 2008, trazó una línea entre lo provincial y lo nacional. De un lado, el socialismo, del otro, el kirchnerismo.

Se daba un electorado que podía ser localmente socialista y nacionalmente simpatizante del kirchnerismo. Tal vez, con alguna reserva moral fruto de su formación en el Socialismo Blanco. Pero compartía, en definitiva, la tesis histórica sobre la oligarquía terrateniente, el Rol del Estado y la mirada despectiva sobre la política departamental.

Con las incursiones frente al Gran Diario Argentino y las escaramuzas antimonopólicas, las batallas culturales cobraron una relevancia central. El peronismo portantierista de los egresados de Comunicación, que rendían pleitesía a las acercamientos del exilio mexicano en Controversia, ganaron el centro de la escena, con la Ley de Medios como bandera y el pensamiento crítico como instrumento.

En 2011, con el 54 por ciento en la presidencial, quedó abolida la opción alternativa que se auguró desde la centroizquierda. Los que presionaban por una intensificación de los conflictos a través de medidas de estatización cada vez más confiscatorias. La suerte de Binner, el inocuo prócer de esa superstición, se extinguió de golpe.

Con el nuevo escenario, sin Néstor y con Cristina en la conducción unánime, comenzaron a integrarse al kirchnerismo una serie de partidos provenientes de la izquierda y sectores intelectuales que descubrían sus simpatías peronistas desde la vía académica. Era una síntesis diferida de aquellas diferencias entre la FURN y FAEP que habían acalorado las discusiones en los noviazgos universitarios.

El resultado fue la experiencia de Unidos y Organizados, que sirvió como aglutinamiento para una posición defensiva en el contexto de una crisis que consumiría las reservas internacionales y políticas. Comienzan los cepos y controles de precios, la efusividad monetaria moderna con su alabanza del gasto público, la inflación reprimida y la contención social como estrategia de poder popular.

Fuerzas como el Partido Comunista, y sus desprendimientos en Nuevo Encuentro, el Partido Solidario, o los del Congreso Extraordinario, se habían abroquelado al interior del Frente para la Victoria, y ejercían una presión interna a través de la defensa cerrada y combativa del Proyecto Nacional.

También se integraron el Partido Intransigente y los exjóvenes militantes culturales, las vertientes nacionales que pregonaban a Alejandro Olmos y el repudio de la deuda, y otras organizaciones menores que facilitaban sus sellos y recibían un protagonismo creciente y llamativo.

Por esa época empezaba el deterioro de la relación del kirchnerismo con los órganos vinculados al Movimiento Nacional Justicialista. Se produce la ruptura con Hugo Moyano y la CGT se vuelca a los triunviratos para frenar la creciente incidencia de las organizaciones de la economía popular financiadas desde el Estado y con imaginario de montonerismo tardío.

También se va Massa, que había sido el promotor de la estatización de las AFJP y la invención de la Anses como caja mágica para el financiamiento de políticas públicas. Dejaba a Boudou, ahora en la vicepresidencia, pero su partida inició el desgaste con una parte de los intendentes bonaerenses. Y ejecutó la derrota en 2013.

El Tercer Cordón del Conurbano comenzaba a delinearse como último bastión. El peronismo se concebía como la versión opuesta al Cuco Neoliberal, en todas sus múltiples dimensiones minuciosamente desarrolladas en los papers del Conicet.

En el 2015 se da otra oleada de ingresos. Tras el efecto del Macri No y la nueva expresión que adquiere la Grieta. Ese enfrentamiento nacional minó las bases del peronismo provincial al punto de ganarse el voto adverso de buena parte de los departamentos, que podían elegir un senador provincial del justicialismo, pero preferían al Frente Progresista o a Cambiemos en las nacionales.

Los ingresantes, entonces, eran netamente académicos-conurbanistas. Con merecidos posgrados en Flacso y el debido reconocimiento de sus pares.

El peronismo, despojado de su doctrina justicialista, asumía progresivamente las formas del Urbanismo Crítico, al reflejo de las experiencias destacables de ciudades europeas y sus políticas públicas basadas en evidencia.

La debilidad creciente del macrismo a partir del 2018, que barrió con las posibilidades ugandesas del PRO en 2019, terminó de empujar a otra camada de desamparados, seducidos por las connotaciones prácticas de la Unidad Ciudadana en la que se enfocó Cristina durante su paso legislativo.

Esa izquierda con veleidades intelectuales se veía atraída por los discursos en Clacso y las teorizaciones públicas que luego derivarían en la publicación de Sinceramente, y finalmente en la elección de Alberto Fernández como candidato en 2019.

Se lograba, así, la insólita inmersión del peronismo en la esfera de la Internacional Socialista. Enemigo acérrimo del capitalismo con sus mil nombres. Glorificador de la miseria. Insistente con su idea del Estado Salvador. Lo que el desertor Pichetto resumió como pobrismo.

Las alianzas serían, entonces, con el PSOE como referencia, e incentivos a través de fundaciones como la socialdemócrata Fundación Friedrich Ebert e incluso la más radical Fundación Rosa Luxemburgo. Un corpus activista para luchar contra el extractivismo y las formas de dominación contemporáneas.

Se creó, en fin, un peronismo capaz de alinearse con Amnistía Internacional y simpatizar con las boicots de Greenpeace. Las imagen de Alberto Fernández posando con Liz Solari contra las granjas chinas es la anécdota risueña de una lógica antidesarrollo y decrecionista que copó mentalmente al peronismo culturalista, ya independizado del justicialismo como doctrina.


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La vuelta de Cristina al Partido Justicialista en la previa del 2019 había conseguido la capacidad de síntesis que decantó en el Frente de Todos.

Motivados por el crecimiento de La Cámpora, los cuadros académicos que irrumpieron habían vivido el 2001 desde las calles y formaron sus ideas con la absorción del piqueterismo. Eran adherentes generacionales del Hito Romántico del Argentinazo. Y encontraron en el antimenemismo calculado del cristinismo una fuente indispensable para integrarse al que había sido su objeto de estudio.

Fueron los que encarnaron orgánicamente la disputa por el Sur Global que ordenó el posicionamiento durante esos años defensivos, cuando el PJ formaliza su relación con el PCCh y profundiza la política antioccidental. Estos dirigentes son los que protagonizan la contraofensiva desde su refugio en las universidades del conurbano. Y después asumen los cargos en 2019.

Esos intelectuales amoldaron la idea del peronismo a sus marcos estructuralistas, posmarxistas, decoloniales, autonomistas, o críticos. Fueron ocupando listas electorales, responsabilidades en organismos públicos, influencia en el discurso público y en el entendimiento del justicialismo. Eran una consecuencia del kirchnerismo, pero eran la consecuencia que lo hacía mover.

La formación de cuadros se delegó en la UBA, la UNR, la Di Tella, la FURP, en contratistas tecnocráticos como Fundar u otros hedge funds del lobbying a través de la formación de Líderes Democráticos. Las secretarías de Adoctrinamiento del Partido Justicialista quedaron como centros de jubilados que, a lo sumo, invitaban a un orador de las Nuevas Ideas.

Si alguna vez hubo enfrentamientos entre los defensores de la teoría de la Tercera Posición frente a los internacionalistas del Tercer Mundo, ahora que el justicialismo había depuesto su razón militar y su autonomía cognitiva, acogía mansamente a los nuevos conceptualizadores de las ciencias sociales, honestamente antimilitaristas.

Envalentonados con la oportunidad histórica de gozar el poder, fascinados con el Gobierno de los Científicos, llegan a las Unidades Básicas los sectores de la izquierda popular y latinoamericanista que en los años de la expropiación parcial de YPF cuestionaban las limitaciones del kirchnerismo. Siempre atentos a la comparación con la sugestión Bolivariana y los coloridos de la Revolución Ciudadana y la indigenista en Bolivia.

El fenómeno era ciertamente extraño. Como si la Alianza Popular Revolucionaria obtuviera su consagración ulterior. Comían ahora sus choripanes, cantaban la marcha, ponian los deditos en V y lucían sus conmovedoras estampitas de Eva. La historia les concedía, por fin, un lugar en el movimiento popular.

El kirchnerismo en retirada se nutrió de la melancolía democratista que asumieron los nostálgicos del Tercer Movimiento Histórico en su peregrinación tras el derrumbe del alfonsinismo y las euforias noventistas que amalgamaron a los Salieris de Charly. También quiso y no pudo su Superación Histórica.

Se fortaleció una militancia peronista que se servía de quienes habían trabajado sus categorías para rechazar al peronismo realmente existente. Los aires ochentosos del albertismo no fueron solo por las evocaciones presidenciales de Alfonsín. Se aceleraron con los fanatismos de las Nuevas Olas, segunda o tercera generación.

Con el influjo preferencial de los intelectuales neocepalianos que reciclaban ideas de la Década Perdida y destacaban los atrevimientos frustrados de Grinspun, el Diario de una temporada en el quinto piso, de Juan Carlos Torre, parecía describir el presente.

Estas corrientes espirituales que poblaron el peronismo reciente afianzaron su etnocentrismo de clases medias rebeldes con uso de redes sociales. La deserción de las elites céntricas, lo llaman en Francia, que es dónde aquellos respiran sus veleidades. Son restos locales de la espiritualidad del Mayo Francés que renegó de De Gaulle.

No hace falta más que recordar la Pandemia para entenderlo. Con las arbitrariedades y ataques psicológicos de la Cuarentena.

Pero tras la calamidad del gobierno de Alberto Fernández, la dispersión, por ser más próxima, se vuelve más evidente. Los fraccionamientos encogieron a las minorías, cada vez más sectarias y facciosas. Y la distribución territorial se concentró en espacios cada vez más chicos hasta terminar en la preservación de la situación individual y de los grupos de trabajo.

Nos encontramos ahora, en fin, con otro relanzamiento de los posts que alumbró al progresismo de los 90. Esta vez, persuadidos de imitar el experimento mexicano de Morena. No es casual que, en la inmensidad del desconcierto, se recurra a su verba, sus estrellas del Cuarto Poder y sus símbolos para impugnar el presente y advertir los indecibles riesgos que sufre la democracia.

Por eso, algunos díscolos indican que el reto más importante del justicialismo no es volver al pasado. Sino mirar la realidad con humildad, no solo desde las preferencias de los dirigentes y los militantes. Eso, acaso, si cuenta con la opción, otra vez, de resurgir.

Es lo que se dice en las mesas de los Retirados: fue el Movimiento Más Grande de Occidente cuando funcionó como inteligencia popular de la Nación. Pero, en la casa natal, quedan las telarañas que teje el yuyal.

En ellas nos adentraremos.


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