CARACTERÍSTICAS CHINAS

Los progrenistas mantienen la fe en las burocracias de expertos, planificadores e intelectuales para mejorar la vida de la gente, aunque despojada de toda la consistencia estratégica y la perspectiva militar.


Autor: César Marcos

Nota original: https://uganda.substack.com/p/caracteristicas-chinas

Esto es Uganda. @estoesuganda


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En otro momento de la historia, las referencias internacionales del Movimiento Más Grande de Occidente tuvieron dos vías: una eran los retratos nacionalistas de los defensores de la Tercera Posición, ligados al sindicalismo, los militares y los sectores tradicionales; la otra, las traídas por los rebeldes del Tercer Mundo, encaminados hacia la izquierda internacionalista, con fantasías guerrilleras.

En el siglo XXI, con la consagración del progrenismo, esas diferencias quedaron suprimidas bajo el concepto englobador del Sur Global.

El peronismo se dejó arrastrar por las perspectivas críticas del Foro de São Paulo, la iniciativa noventosa de Lula y Fidel para encarar el mundo del fin de las ideologías. Más tarde, la emergencia de Chávez actuaría como catalizador ideológico a fuerza de financiamiento petrolero y liderazgo regional. Las euforias de estudiantina anticapitalista tuvieron su cenit durante la contracumbre del 2005, recordada como la celebérrima gesta del No al ALCA.

A partir del 2004, con el comienzo de las relaciones estrechas entre Néstor y Hu Jintao, se modificó la inserción económica argentina y se avanzó en la pérdida de autonomía comercial a favor de China, que quedaría rubricada con estatus estratégico tras la alianza firmada entre Cristina y Xi Jinping en 2014.

El resultado de esa década no fue la diversificación de mercados que prometía el multipolarismo, sino un saldo comercial negativo como seña distintiva de la nueva geopolítica alternativa al imperialismo yanqui.

Pero, además de los festejos patrióticos del déficit comercial, el multipolarismo se adoptó como un lenguaje ideológico más que como una política exterior. Aparentemente, esta visión prometía superar el orden internacional marcado por el hegemonismo yanqui y ampliar el margen de acción de países como Argentina.

En nombre de la soberanía, la nueva dependencia económica se sustentó en los rendimientos del denostado cultivo de soja. El énfasis antioccidental, en vez de fomentar una política industrial basada en las capacidades nacionales para impulsar el desarrollo tecnológico y sumar al país a cadenas de valor complejas, se limitó a administrar los ciclos de precios internacionales para el redistribucionismo interno.

Durante esas dos décadas de desafío frente al Occidente vacilante, y con un fuerte énfasis antinorteamericano, el peronismo optó por ceñirse a los dictámenes regionales del interés brasileño mercosurista y adoptar el revisionismo del Sur Global como una política de la provocación sin sentido estratégico.

El tercermundismo del siglo XXI se fundamentaba en un orgullo impostado que fantaseaba con que a cualquier país le bastaba declarar su pretensiones para garantizarlas como si no existieran países que hacen las reglas y países que las adoptan.

En realidad, lo que funcionaba era un prejuicio más simple, pero profundamente arraigado: el no alineamiento consistía en ver a las democracias occidentales, y particularmente a los Estados Unidos, como los causantes del mal sobre la tierra.

En este contexto, el antioccidentalismo, con los agregados pertinentes de las tradiciones estructuralistas-dependentistas, posmarxistas y decoloniales, produjo esquemas rígidos basados en dicotomías centro-periferia e imperialismo-emancipación, que pusieron a la Argentina en un rol de actor inoportuno, sin incidencia ni referencia.

La idea de Sur Global se presentó como solidaridad entre países periféricos, aunque agrupara realidades muy diferentes bajo una identidad difusa, tan heterogénea como la masa de países que durante la Guerra Fría se articulaba bajo la categoría vaporosa del Tercer Mundo.

China aprovechó las agendas intervencionistas del globalismo para aumentar su influencia, con un papel creciente en los organismos internacionales del idealismo occidental. Como promotor de la crítica al orden global injusto, el Partido Comunista Chino fue el polo atracción para los insatisfechos con la cultura occidental.

Fue el Partido Justicialista, precisamente, uno de los órganos con los que selló alianzas de colaboración. Y encontró en los hijos de los Montoneros a publicistas entusiastas del carácter revolucionario del modelo totalitario chino.

Acompañando la expansión asiática, con apelación al pragmatismo comercial, las nociones arrancadas de las facultades de ciencias políticas y relaciones internacionales llenaron la boca de los jóvenes peronistas al presentar relaciones asimétricas como cooperación entre iguales.

El latinoamericanismo prolongó aquella inclinación emotiva que sostenía una supuesta homogeneidad esencial del Tercer Mundo, para razonar así una contradicción irresoluble entre los intereses de ese grupo de naciones y los de las democracias capitalistas occidentales.

Argentina era tan latinoamericana que debía odiar a los Estados Unidos y alinearse el adversario que traería un mundo más equilibrado. Porque, en la práctica, los convenientes reparos del latinoamericanismo siempre aparecen singularmente alineados con los intereses estratégicos chinos.

El delirio fue total. Mientras se promovía una retórica antioccidental, simultáneamente se adoptaban agendas progresistas europeas y el justicialismo se incorporaba a la esfera de los partidos socialdemócratas.

Se produjo, entonces, una suerte de encierro conceptual. Un movimiento que había nacido como expresión de una razón militar, práctica, nacional y centrada en la acción localizada terminó por subordinar su pensamiento a esquemas elaborados en ámbitos académicos, en busca de la validación del progresismo internacional y el orgullo combatiente contra las extremas derechas soberanistas.

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La extraña combinación de antiimperialismo nutrido de teorías norteamericanas y sesgos europeístas, produjo un corpus antiextractivista y contra las formas de guerras subjetivas contemporáneas, que diluyó al justicialismo en la Marea Rosa latinoamericanista. Esa conversión tomó a China como un referente antisistema, pero evitaba revisar los intereses e intenciones expansionistas detrás de esas agendas promovidas.

China, en efecto, no es una tecnocracia eficiente como gustan presentarla los nuevos divulgadores teóricos desde las universidades del conurbano y los streamings. Es un régimen totalitario donde la verdad es enemiga del sistema: la prensa, los datos y las instituciones sirven al Partido Comunista Chino.

La falta de disenso impide la corrección de errores o impone penas capitales, y distorsiona las cifras que se venden como propaganda al mundo. A la crisis demográfica se suman el crack inmobiliario, la sobreproducción, el débil consumo interno, el desempleo juvenil y el envejecimiento acelerado.

Pero más allá de la crisis, que Occidente también sufre, el punto fundamental está dado por la pertenencia cultural, la identidad religiosa, las tradiciones y formas de vida. Es decir, la incontrastable diferencia que no puede ser subsumida por ninguna operación discursiva ni adecuación conceptual del pluralismo y sus simulaciones de diversidad.

De la exaltación surge la imitación. Como reflejo del autoritarismo chino, donde el Estado autoriza a quién puede hablar, los progrenistas mantienen la fe en las burocracias de expertos, planificadores e intelectuales para mejorar la vida de la gente, aunque despojada de toda la consistencia estratégica y la perspectiva militar.

Esa fue la creencia que, en la Argentina del progrenismo tardío, encontró su expresión en el Gobierno de los Científicos, inspirado en la superioridad moral que desconfía de la sociedad y la vocación por la planificación iluminada.

China, que es seria en su plan, concibe la economía como un instrumento de poder estatal. El régimen comunista garantiza, por legislación, que todas las empresas, individuos y entidades chinas colaboren con los servicios de inteligencia del Estado, que es el Partido. En los hechos, toda la diáspora china queda obligada a trabajar para el gobierno.

Sin embargo, este condicionamiento inquieta mucho menos a los tremendistas que ven la llegada del anticristo en las inversiones de Peter Thiel o asumen que las corporaciones occidentales son los jinetes del Apocalipsis.

Para que ese andamiaje fuera políticamente digerible en Occidente, donde la autodenigración se volvió una señal de refinamiento intelectual, hizo falta una intelligentzia dispuesta a presentarlo como las bondades de un nuevo orden.

Los think tanks resultaron el caballo de Troya fundamental, operando con el lenguaje inofensivo de la cooperación, la objetividad técnica, la globalización del conocimiento, el desarrollo sostenible y el diálogo entre civilizaciones, para presentar una opción de mundo más humano al ofrecido por Estados Unidos y sus atrocidades occidentales.

Por eso, las juventudes progrenistas dicen ahora, con pasión antiimperialista, seamos como China.

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La prédica autosatisfecha sobre la decadencia occidental sirve como negación del propio origen cultural. Argentina perdió densidad estratégica cuando transformó esa duda en una doctrina periférica que impugnó el poder occidental, denunció dependencias sin crear autonomía, y adoptó lenguajes de emancipación que la dejaron más expuesta a intereses externos.

Cuando el peronismo sacó las patas de sus fuentes civilizatorias, se consolidó la crítica a los valores occidentales como pauta de sensibilidad social y pose de reflexión profunda. Por contraste, afirmar la pertenencia al Sur Global ofrece un espacio donde supuestamente se está a salvo de las miserias agobiantes del sistema capitalista occidental.

Con sus motivos de realismo mágico, por la sola exaltación del orden alternativo, los problemas estructurales adquieren una explicación exculpatoria y la promesa de redención no exige reforma interna, sino únicamente un cambio de alineamiento geopolítico.

Es la misma operación, a otra escala, que el progrenismo realizó hacia adentro: así como el cambio de alineamiento internacional reemplazó la autoexigencia productiva por la épica de la pertenencia al bando correcto, la política implementó esa misma sustitución como forma de organización y método de gobierno.

Cuando el justicialismo dejó de generar marcos propios, pasó a utilizar categorías de pensamiento ajenas a su experiencia histórica ligada al pueblo porque, en simultáneo, se había vuelto cada vez más dependiente de recursos estatales. Esto, inevitablemente, modificó el lazo entre la conducción y la sociedad.

El peronismo histórico se nutría de la vitalidad social del trabajo, de la producción, de la organización comunitaria, de la vida sindical, del entramado territorial. Su fuerza residía en la capacidad de articular esas energías en un proyecto político. En cambio, cuando la organización política se vuelve dependiente del aparato estatal, se sostiene a sí misma con recursos extraídos de la sociedad.

Así, el ciudadano se siente financista involuntario de un sistema que no ofrece bienestar, seguridad ni desarrollo proporcionales. La militancia deja de estar anclada en la vida social y pasa a organizarse en torno al aparato. La distancia entre la dirigencia y la sociedad se determina en las experiencias cotidianas.

El régimen adquiere, definitivamente, características chinas, con una burocracia de Partido y una masa de seguidores que solo obedecen. La diferencia, además de la especialización de cuadros, es que, de este lado del mundo, subsiste la democracia. Y esa masa de seguidores se puede perder según las incidencias del voto.

Este cambio alteró la percepción social del poder político peronista. El Estado, bajo control progrenista, ya no apareció como un facilitador del progreso colectivo, sino como una estructura cooptada por oportunistas y orientada a extraer rentas privadas para administrar desequilibrios y financiar sus apoyos políticos.

En la actualidad, la proliferación de liderazgos parciales, la competencia interna permanente y la ausencia de un horizonte estratégico compartido dificultan la construcción de una conducción efectiva. El peronismo queda dividido entre las tribus ideológicas que lo poblaron y las estructuras partidarias que le permiten su funcionamiento electoral.

El desafío principal no es solo mejorar la eficiencia administrativa ni renovar figuras, sino revertir la lógica que convirtió al movimiento en una estructura estatalista: tan dependiente, en lo doméstico, de los recursos públicos que sustituyeron la vitalidad social, como lo fue, en lo internacional, de un patrocinador geopolítico que sustituyó la estrategia por la identidad antioccidental.

Son dos formas de la misma renuncia a pensarse a sí mismo. Y definirá si el peronismo será, finalmente, un partido más entre las izquierdas funcionales al auge chino, o se encolumnará con aquellos que busquen revitalizar el proyecto civilizacional que construyó Occidente y del que nació la Argentina. Es decir, si su destino será el de un partido nacional o el de uno progresista.


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