LA DESTRUCCIÓN DE LA IGLESIA EN GRAN BRETAÑA

 

Eran el capital institucional acumulado de la nación, construido a lo largo de cuatro siglos.


Autor: Maxi (@AllForProgress_)

Original: https://x.com/AllForProgress_/status/2070108809448624615


Si usted conduce por casi cualquier rincón del campo inglés, tarde o temprano pasará por una ruina: una abadía sin tejado, una fila de arcos rotos abiertos al tiempo, unas pocas piedras labradas en un campo donde una vez se erigió algo vasto. Estamos tan acostumbrados a estos esqueletos que los archivamos bajo el epígrafe de paisaje. En verdad, cada uno es una escena del crimen, y la advertencia más antigua que tenemos sobre lo que hace el Estado inglés cuando decide que su propia gente está allí para ser cosechada. La comparación de moda esta temporada es la Guerra Civil: los años 1640, el rey contra su parlamento, el largo deslizamiento hacia la espada. El Estado-como-enemigo-de-la-nación. Creo que es el siglo equivocado. Para ver nuestra situación tal como es en realidad, retrocede cien años antes, a los años 1530, y al mayor despojo de riqueza en la historia inglesa antes de la era moderna: la Disolución de los Monasterios. Los monasterios eran mucho más que iglesias. Eran el Estado de bienestar de su época, entre los muchos otros pilares de la sociedad que constituían. Gestionaban los hospitales y alimentaban a los pobres en la puerta. Educaban a los hijos listos de los don nadie, acogían a los viajeros, prestaban dinero, empleaban a la mitad del condado y poseían quizá un quinto de la tierra en Inglaterra en una especie de fideicomiso permanente para la gente que los rodeaba. Eran el capital institucional acumulado de la nación, construido a lo largo de cuatro siglos. En apenas cuatro años, el Estado se lo llevó todo. La forma en que se hizo es el quid de la cuestión. Primero, la auditoría: Thomas Cromwell envió a sus hombres a valorar cada casa religiosa del país hasta los candelabros —el Valor Ecclesiasticus, un Dooms Day [Libro del Juicio Final] compendiado para el saqueo—. Luego, la justificación: los mismos hombres regresaron con expedientes sórdidos de vicios e indolencia monjiles, gran parte de ellos inventados y todos ellos profundamente útiles, porque algo que pretendes destruir debe declararse primero podrido. Luego, la liquidación. Los beneficios no llegaron ni de lejos a los pobres que dependían del lugar. La tierra se vendió, rápida y barata, a los acreedores de la Corona y a los cortesanos y a la burguesía ascendente y codiciosa —una nueva clase de hombres atados al régimen por el propio botín que se les entregó, muchos de cuyos descendientes se sientan ahora en las mismas hectáreas—. Cuando el norte se levantó contra ello, en la Peregrinación de Gracia, la revuelta fue sofocada y sus líderes ahorcados a pesar de un perdón real que nunca se pretendió honrar. El resultado, para la gente común, fue un desastre que tomó generaciones deshacer. Los hospitales cerraron. El socorro a los pobres se evaporó. Inglaterra se llenó de vagabundos y mendigos —«mendigos robustos», de hecho, a los que el mismo gobierno se dedicó luego a azotar por las calles—, porque las instituciones que habían sostenido a los pobres habían sido convertidas en efectivo para las guerras del rey y las fincas de los cortesanos. Tomó la mayor parte de un siglo, y la Ley de Pobres isabelina, reconstruir una fracción de lo que aquellos cuatro años habían destruido. Ésta es la enfermedad inglesa en su forma más pura, y un hombre debería reconocer el peor hábito de su propio país cuando lo ve volver a aparecer. Al Estado inglés nunca le ha hecho falta mucho en tanques o policía secreta. Su sello es más sutil. Encuentra las instituciones de las que depende la gente común, las declara corruptas o ineficientes o inasequibles, las audita, las vacía, y transfiere su sustancia —el dinero, la tierra, el poder, la seguridad— a la clase que maneja la máquina. Lo has visto hacer. Los hospitales, los tribunales, las calles comerciales, las oficinas de correos, los ahorros, la misma seguridad de las calles —auditados, degradados, cerrados, vendidos o dejados para pudrirse, mientras el aparato que se asienta encima de todo ello se ha hinchado hasta £400 mil millones al año y no responde ante nadie cuyo nombre puedas mencionar—. Los monjes hace tiempo que se fueron y el método es inmortal. Las ruinas en el campo son una lápida, pero también son evidencia, y la evidencia siempre es útil. Una vez que un pueblo aprende a reconocer el método —la auditoría, la podredumbre fabricada, la liquidación a precio de saldo para los de dentro, todo el negocio envuelto en la palabra «reforma»—, deja de funcionarles. Los ingleses han reconstruido todo lo que les fue arrebatado antes: el socorro parroquial, las sociedades mutualistas, las grandes fundaciones victorianas, los hospitales y escuelas del siglo pasado, cada una de ellas levantada por gente que se negó a aceptar que el suelo bajo la vida común se había ido para siempre. Lo haremos de nuevo. El primer paso es dejar de llamar reformadores a los hombres que venden el país, y llamarlos lo que eran los hombres de Cromwell: saqueadores con un jodidamente buen sistema de archivo.

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