MARINE LE PEN LE PASA EL TRAPO A LA CLASE POLÍTICA TRADICIONAL FRANCESA EN TEMAS DE POLÍTICA EXTERIOR
Sus posturas sobre política exterior son coherentes
Autor: Eldar Mamedov (@EldarMamedov4)
Nota original: https://www.theamericanconservative.com/on-foreign-policy-marine-le-pen-outclasses-frances-mainstream/
En política exterior, Marine Le Pen supera a la clase política tradicional de Francia.
La favorita en la carrera presidencial francesa de 2027 —Marine Le Pen, del partido derechista Agrupación Nacional— ha expuesto posturas de política exterior que los partidarios estadounidenses del realismo y la contención pueden aprobar, independientemente de lo que piensen sobre el resto de su programa.
Si bien la Agrupación Nacional ha sido marginada con éxito y mantenida fuera del poder en las últimas décadas, no debe darse por sentado que el *establishment* político francés encontrará la manera de frustrar a Le Pen; esto significa que sus planteamientos podrían llegar a convertirse en política oficial. Los últimos sondeos muestran la consolidación de su ventaja: según Toluna-Harris Interactive, en una segunda vuelta obtendría el 57 % de los votos frente al candidato centrista (y ex primer ministro bajo el mandato de Emmanuel Macron) Édouard Philippe, y un impresionante 69 % frente a Jean-Luc Mélenchon, un incendiario líder de extrema izquierda.
Por supuesto, aún falta mucho para la primavera de 2027, fecha prevista para las elecciones. La suerte política puede cambiar —como pretende demostrar la reciente investigación del medio izquierdista Mediapart sobre antiguas publicaciones en redes sociales de un Jordan Bardella adolescente, hoy presidente de la Agrupación Nacional—, pero los partidarios del partido ven estos ataques como una prueba del esfuerzo cínico y desacertado del *establishment* por descarrilar a Le Pen.
Independientemente de lo que se piense de ella, al menos sus posturas sobre política exterior son coherentes. Respecto a Irán, Le Pen —a quien en su día se calificó de «aliada de Trump»— ofreció un análisis mucho más claro que Macron, cuyas declaraciones han sido ambiguas. «Habría que saber qué pretendía hacer Trump allí», afirmó Le Pen. «Porque, de momento, seguimos sin saberlo. Está claro que no ha logrado sus objetivos bélicos y está incendiando el planeta entero». Mientras que Macron suele matizar sus críticas a la guerra de Trump señalando que Irán ha intentado desestabilizar Oriente Medio, Le Pen simplemente condena el conflicto alegando que perjudica al pueblo francés.
También ha advertido sobre una inflación mundial «que tendrá consecuencias para todos los pueblos» y ha sostenido que es «mejor convencer a Estados Unidos de que no emprenda una guerra contra un país y una civilización milenaria; un país complejo y, probablemente, mucho más poderoso de lo que Donald Trump imaginaba».
Los acontecimientos han dado la razón a Le Pen. No se puede borrar del mapa mediante bombardeos a una civilización de 90 millones de habitantes y milenios de historia, algo que Trump (y el Partido Republicano) están descubriendo con pesar de cara a unas difíciles elecciones de mitad de mandato. Le Pen es muy consciente de que los franceses, al igual que el resto del mundo, están pagando el precio de esta aventura.
En cuanto a Ucrania, Le Pen se ha mostrado igual de directa, aunque sus diferencias con Macron son mucho más acusadas. Advirtió que el conflicto solo puede seguir dos caminos: «O la OTAN se ve arrastrada a la guerra —lo que supondría una Tercera Guerra Mundial— o asistiremos a una guerra de los cien años». Ha abogado por celebrar una gran conferencia de paz, ha manifestado su disposición a dialogar tanto con el presidente ruso, Vladímir Putin, como con el ucraniano, Volodímir Zelenski, y ha insistido en la necesidad de incorporar a Alemania, Polonia y Turquía al proceso de negociación.
Ha ido aún más lejos al prometer que suspenderá la ayuda militar francesa a Ucrania, argumentando que Francia no puede permitirse mantener el nivel de asistencia que Macron ha venido autorizando. En este punto, tendrá que dar explicaciones más detalladas. Un corte generalizado de la ayuda no es una política seria si el objetivo es poner fin a la guerra lo antes posible; cualquier acuerdo requeriría el consentimiento tanto de Kiev como de Moscú.
Sin embargo, la postura de «apoyar a Ucrania durante el tiempo que haga falta» tampoco puede funcionar sin un objetivo final claramente definido, y la situación fiscal de Francia dicta que no puede seguir siendo la política predeterminada. Las negociaciones con todas las partes, incluida Rusia, no deberían considerarse una política de apaciguamiento ni una traición. Cualquier intento serio de resolver el conflicto exigiría que Ucrania aceptara concesiones dolorosas respecto a sus aspiraciones de ingresar en la OTAN y a su integridad territorial; por su parte, Rusia también tendría que ceder en cuestiones como ofrecer garantías de seguridad creíbles a Ucrania o, al menos, dar luz verde a Kiev para reconstruir y mantener una capacidad de disuasión militar convencional creíble. Le Pen ha identificado el problema y se ha mostrado abierta a aceptar aspectos inevitables de la solución, pero aún debe explicar la estrategia.
Compárese esto con lo que ofrece la corriente dominante. Macron está explotando la narrativa de la «amenaza rusa» y de los supuestos ataques híbridos de Moscú contra Europa. Mientras tanto, según Georges Malbrunot —periodista de *Le Figaro* y gran conocedor del tema—, los agentes de inteligencia franceses, si bien reconocen la existencia de la amenaza, consideran que Macron la exagera. El objetivo de Macron, escribe Malbrunot, sería «orientar las decisiones de los franceses de cara a las elecciones presidenciales, poniendo en el punto de mira a Le Pen y a Mélenchon: los dos extremos que se muestran indulgentes con Rusia».
En la misma línea, el rival de centro-derecha de Le Pen, Édouard Philippe, arremetió contra ella afirmando que «debilitar a Ucrania, como desea Marine Le Pen, supone una amenaza para la seguridad de Europa y de Francia. Haré todo lo posible por evitarlo».
Luego está Gabriel Attal, protegido de Macron y posible sucesor. Pronunció un gran discurso en Reims abogando por unos «Estados Unidos de Europa». Afirmó que la seguridad de Europa está siendo atacada por Rusia; su economía, por China; y sus valores, por Estados Unidos. La solución propuesta es una utopía federalista que promete construir en «cuestión de años».
Podría haber argumentos sólidos a favor de que las naciones de la UE profundicen su integración económica y tecnológica. Sin embargo, el discurso grandilocuente sobre el federalismo resulta ajeno a la realidad cuando lo que más preocupa a los votantes franceses es el poder adquisitivo, la inmigración y la seguridad de Francia.
Así se encuentra el debate sobre política exterior en Francia. Los candidatos convencionales asustan a los electores con narrativas basadas en amenazas, venden fantasías federalistas inalcanzables y se muestran ambiguos respecto al conflicto entre Estados Unidos e Irán. El único candidato importante que plantea cómo poner fin a las guerras en lugar de prolongarlas —y cómo relacionarse con las grandes potencias no occidentales en vez de limitarse a elegir entre un bando «bueno» y uno «malo»— es tildado de extremista por el *establishment*.
Esto no significa que Le Pen merezca un apoyo acrítico. Sus vínculos históricos con Rusia justifican un escrutinio, y su promesa de detener la ayuda a Ucrania debe ir acompañada de una propuesta política más detallada y de una estrategia más amplia para poner fin a la guerra.
Tiene razón respecto a Irán, pero su partido también ha forjado estrechos vínculos con Israel, aparentemente basados en una aversión común hacia el islamismo y en el deseo de contrarrestar las acusaciones de antisemitismo. En cuanto a Oriente Medio, queda por ver si sus políticas —en caso de ser elegida presidenta— se guiarán principalmente por el interés nacional o por un antislamismo ideológico. Asimismo, dada la persistente imagen negativa de su partido entre las élites francesas, dista mucho de estar claro que una presidenta Le Pen lograra atraer talento diplomático del centro-derecha para transformar sus intuiciones en políticas viables.
No obstante, son debates que vale la pena abordar. Ya no resulta creíble limitarse a desestimar a Le Pen y ofrecer alarmismo y fantasía en lugar de un debate real. Quizás el *establishment* francés debería plantearse una pregunta incómoda: ¿por qué las voces que abogan por la diplomacia y la sensatez provienen de los sectores calificados como «extremos» (tanto de derecha como de izquierda)? Por el contrario, las fuerzas mayoritarias deberían hacer suyo el lenguaje de la diplomacia y la paz. Si no lo hacen, no deberían sorprenderse cuando los votantes se vuelvan hacia quienes sí lo hacen.
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Sobre el autor
Eldar Mamedov
Eldar Mamedov es miembro de las Conferencias Pugwash sobre Ciencia y Asuntos Mundiales e investigador no residente del Quincy Institute for Responsible Statecraft.
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