EL MITO DEL EMPRESARIO ILUSTRADO
Autor: Lucas Paulinovich
Nota original: https://uganda.substack.com/p/el-mito-del-empresario-ilustrado
Esto es Uganda (@estoesuganda)
Hay discusiones que revelan más de lo que pretenden. Cuando el presidente Milei, en modo Néstor 2009, llamó Don Chatarrin a Paolo Rocca sacó a flote una superstición que está en las napas del Círculo Rojo y sus acólitos.
Hoy ya parece viejo con tantos bits que corren, pero es un tema que permanece. Una de las constantes en la Realdemocratik. Y más profundo que una humorada contra la Eminencia Industrial.
La escena es casi ritual. Un empresario entra a un estudio televisivo o una conferencia económica, se sienta cómodo y el entrevistador, sobrio, interesado, pregunta: ¿qué estás viendo?
Entonces, el empresario empieza a hablar. No de su empresa, sino del país. De la inflación, del tipo de cambio, del rumbo económico, de lo que hay que hacer.
Lo que opera de fondo es atrapante: quien invierte, produce, contrata y compite en el mercado tendría una comprensión más fina que cualquier otro mortal. Es la voz de los protagonistas.
Ese gesto se replica en todos lados. En revistas empresariales que construyen perfiles de self-made man, en podcasts donde el éxito se vuelve sinónimo de comprensión del mundo, o en streamings donde el empresario opina con vocación de estratega.
La fascinación por los que saben hacer guita ya es casi un deporte nacional. Desde los Dueños de la Argentina de Luis Majul en los 90 hasta los Dueños del Futuro, de Alejandro Galliano y Hernán Vanoli, que toma la nueva economía del siglo XXI, las radiografías de los grandes empresarios sirven para medir el estado de situación.
Sin embargo, toda empresa es una unidad de decisión bajo restricciones específicas. Opera dentro de un sector, con tecnologías determinadas, estructuras de costos particulares y marcos regulatorios concretos. Eso configura una estructura de percepción inevitablemente parcial, dependiente de sus balances, la configuración sectorial y su relación con el Estado.
No se trata de desechar la experiencia, sino de ubicarla. El empresario accede a un segmento funcional del sistema, modelado por precios, regulaciones y expectativas. Lo problemático del mito es que confunde experiencia con conocimiento, como cuando ponen al que jugaba bien a hacer análisis tácticos.
Parece realismo, sabe a pragmatismo, pero es desorden
El problema de la inteligencia empresarial es su extrapolación. Convertir una experiencia situada en una teoría del todo.
En la Argentina de los últimos 20 años, el empresariado no fue solo víctima de la inestabilidad macroeconómica. Fue también emergente, autor e ideólogo del desorden económico que terminó consolidándose.
Hubo sectores que hicieron de la sobreregulación un activo competitivo, gestionando privilegios más que productividad. Esto forjó una racionalidad bifronte: participar del modelo y desconfiar de él al mismo tiempo.
Las fallas y emperramientos ideologizados de la oferta teórica disponible abonaron a la incapacidad dirigencial para orientar procesos complejos de gestión e incentivaron reacciones superficiales. Más que comprender, cada cual quiere imponer sus recetas y las pasea por el prime time.
A su vez, los políticos, necesitados de la legitimidad del sector privado, empezaron a posar de pragmáticos. En ese movimiento, adular la vanidad empresarial sirve para ganar influencia. Del otro lado, los empresarios se sienten escuchados. Y el intercambio se vuelve una compraventa de favores.
En definitiva, el empresario es un actor que interpreta un oráculo. Con información valiosa, pero incompleta, situada y orientada por intereses concretos. El error no es escucharlo. El error es adoptarlo como una verdad incontestable.
Porque la economía es más que la suma de experiencias individuales: un entramado dinámico donde cada uno ve apenas una parte del tablero. En un país marcado por la baja calidad institucional, la inestabilidad regulatoria y la inseguridad jurídica, el que gana no es el que entiende el juego, sino el que logra acomodarse a los imperativos de un presente absoluto.
Para graficar este mito, tomemos tres casos paradigmáticos.
Primera figura: el industrial que piensa el país
Por su centralidad en la burguesía local, su formación como politólogo y su densidad intelectual, Paolo Rocca ocupa un lugar distinto al del empresario promedio. Puede hablar de desarrollo, competitividad, inserción internacional. Su discurso tiene apariencia de teoría. Pero lo que aparece como reflexión general sobre el desarrollo suele ser, en rigor, la proyección sofisticada del oportunismo sectorial.
La industria pesada necesita ciertas condiciones: tipo de cambio competitivo, protección selectiva, estabilidad regulatoria, infraestructura. Cuando Rocca habla, la economía de la obra pública y del Estado presente se expresa a través suyo. Pero no hay engaño. Su virtud fue asimilar el interés de un puñado de actores económicos con la idea de desarrollo nacional.
En el primer tramo del kirchnerismo, con tipo de cambio alto y fuerte expansión de la demanda interna, sectores industriales como el de Techint se beneficiaron ampliamente. A partir de 2012, con atraso cambiario, restricciones externas y mayor intervención estatal, ese equilibrio se deterioró. Y también cambiaron las relaciones del empresario ilustrado con la política.
Por eso, esta figura es la emblemática de los Capitanes de la Industria que actuaron en tándem con el Estado para hacer negocios con los contratos públicos y las protecciones arancelarias. Y se trenzaron en una disputa corrosiva para ver quién maneja a quién.
El problema con el gobierno libertario tras su derrota en la licitación frente a la oferta india no es que defienda su posición. Es que esa defensa se presenta como diagnóstico estructural del país. Como si la economía argentina fuera, en el fondo, una extensión de la cadena de valor del acero.
Segunda figura: el innovador que anticipa el futuro
Una de las figuras más destacadas en la era del capitalismo de plataformas es el innovador tecnológico que la ve antes que nadie. En nuestro caso, el ejemplo máximo es Marcos Galperin.
Si el industrial encarna la tradición, el innovador representa el porvenir. Y en eso se asienta la ilusión: estar en la frontera tecnológica implicaría también habitar la frontera del conocimiento sobre lo que viene.
Desde nuestro Círculo Naranja, acá podría entrar el alicaído Federico Trucco, de las biotech, hoy debiendo lidiar con los poco futuristas compromisos financieros.
Al atraer a grandes inversores y ofrecer productos que captan la atención global, este empresario ilustrado es portador de un aura seductor incuestionable, que genera admiración, idolatría y seguidores que derivan en fandoms potenciados por redes sociales. Es un ícono cultural que captura deseos aspiracionales de las generaciones más jóvenes y ciertas desconfianzas de los tradicionales.
Pero la innovación no es omnisciencia. El mundo tech, el capital de riesgo y la economía digital tiene dinámicas propias: escalabilidad, efectos de red, otra fricción regulatoria, movilidad global del capital. Desde ahí, el capitalismo aparece como un sistema ágil, meritocrático, sin inercias burocráticas.
Sin embargo, la mayor parte de la economía —energía, comercio, agro, alimentos, construcción, servicios personales— todavía no funciona bajo esas reglas. La experiencia económica de la mayoría durante los últimos 20 años estuvo dominada por restricciones macro, no por dinámicas de innovación.
Por eso, su caso particular le permite anticipar tendencias dentro de su dominio, pero no aporta una visión coherente a la totalidad del sistema. Es decir, el innovador tecnológico no ve el futuro: ve su futuro.
Tercera figura: el emprendedor que siente el mercado
La tercera versión es un derivado de la segunda, pero de cabotaje. Se trata del emprendedor exitoso que, por haber acertado una apuesta, se transforma en intérprete autorizado del funcionamiento económico. Es el portador de la Épica Startup.
Se lo puede ver en eventos de convocatoria masiva como Endeavor, dónde con pose de gurú aplica storytelling para narrar su ascenso meteórico y describir los méritos de su tecnología. Usualmente curtido en la cibercultura, suele ser ciudadano cripto, incluso desde los orígenes de Bitcoin, por lo cual, puede exponer los beneficios obtenidos.
En esta categoría podrían entrar desde el divulgador Santi Siri hasta Beltrán Briones, pasando por la feligresía local del FS500. Tienen la pasta de campeón fulgurante de los influencers que cargan con presunción de sabiduría buenista o de lobo de Wall Street, según el target. Tienen algo para vender, y lo hacen. Bien por ellos.
El problema es de los incautos. En la Argentina post-2011, muchos negocios florecieron al calor de precios relativos distorsionados, subsidios cruzados o brechas cambiarias. Algunos fueron extraordinariamente rentables. Pocos eran replicables. Menos fueron sostenibles.
En Uganda hay precedentes, desde las quiebras de los correacopios con sus formas modernas de comercialización hasta las firmas promisorias que se comieron los aportes de capital sin generar ingresos reales. Surfear los auges financieros internacionales es una actividad temeraria. Y las caídas suelen ser abruptas y con múltiples damnificados.
El razonamiento implícito que alimenta esta dimensión del mito es sencillo: si logró detectar una oportunidad donde otros no la vieron, entonces entiende el mercado. Tiene sensibilidad y olfato de tiburón.
Pero el éxito emprendedor suele ser, en buena medida, el resultado de combinaciones contingentes: timing, contexto, acceso a financiamiento, redes de contacto, incluso azar. Convertir ese resultado en teoría general es un paso peligroso. El emprendedor no accede a una verdad profunda del sistema. Simplemente accede a una experiencia singular que acaso funcionó.
El verdadero ganador: la economía del déficit
Si hay un sector que logró acumulación, es el financiero. La combinación de déficit fiscal crónico, inflación elevada y la demanda voraz de financiamiento estatal, generó un ecosistema donde los bancos encontraron condiciones favorables. No se trató de mayor eficiencia, sino que el propio diseño macro generó una rentabilidad segura como prestamista del Estado.
La mirada del empresario productivo debió dedicar recursos y tiempo a la maniobra contable entre instrumentos indexados, arbitrajes cambiarios y los coletazos de la deuda pública sobre tasas de interés y acceso al crédito. En vez de concentrarse en producir, pasaron a gestionar portafolios y navegar cuentas corrientes disminuyendo la carga impositiva.
El resultado fue una economía donde el conocimiento relevante estaba en la capacidad de predecir los movimientos del Estado —o conseguir información privilegiada—. Ya en 2005, cuando se fue del gobierno de Kirchner, para referirse a esta dinámica, Roberto Lavagna importó el concepto de capitalismo de amigos.
Como la conducción política que definía Perón, la acción empresarial es un arte práctico, todo de ejecución. Por lo tanto, las ideas empresariales no están en el discurso, sino en las decisiones.
Cada decisión empresarial es, en el fondo, una conjetura práctica sobre el futuro. En ese contexto, la especulación financiera y el asesoramiento preventivo no aparecen como desviaciones, sino como adaptaciones de subsistencia. Porque el que no llora, no mama.
Pero esa racionalidad fragmentaria y reactiva erosiona la posibilidad misma de construir trayectorias de desarrollo sostenido. Cada actor optimiza su posición en el presente, aun cuando eso degrade el entorno en el que opera. Y es en ese marco donde el empresario ilustrado encuentra su forma más paradójica.
Corporativismo sin corporaciones
En la República Corporativa, el empresariado sacó ventajas aisladas y cíclicas, pero no logró conformarse como actor organizado. Es el viejo debate entre burguesía nacional o burguesía local.
La Argentina de los subsidios, la protección selectiva y la expansión del gasto público contó con la adhesión activa de amplios sectores empresariales. Que, en paralelo, desplegaron estrategias de repliegue, dolarización de excedentes y refugios offshore.
A diferencia de los Colegios Profesionales, o de otras economías donde existen bloques relativamente homogéneos, en el empresariado argentino predominan las fracturas: industria vs. agro, mercado interno vs. exportadores, holdings vs. pymes, dolarizadores vs. devaluadores, regulados vs. desregulados, economía real vs. financiera. Las peripecias de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) o la Unión Industrial Argentina (UIA) son un espejo de esas tensiones.
Esto desarma otra fantasía recurrente: la idea de una élite económica coordinada que obtiene beneficios a costa del resto de los argentinos. Más bien, siempre pareció un grupo de cazadores de rentas que se disputaban ventajas ocasionales dadas por un Estado que superponía intervenciones con improvisación y cortoplacismo.
En los años de democracia, el empresariado argentino no logró constituirse como una auténtica burguesía nacional. En un país de idiosincrasia corporativista, operó sin llegar a ser una corporación: fragmentado, faccional y sin capacidad de síntesis.
Cada sector —e incluso cada empresa— tiende a maximizar su posición relativa en el corto plazo a través de la captura de ventajas específicas: regulaciones favorables, contratos estatales, subsidios, barreras de entrada, tipos de cambio diferenciados.
Esa es la economía de los ventajistas que vivimos día a día: un sistema donde la rentabilidad depende más de la llegada con el gobierno de turno que de la productividad.
En ese sentido, el empresario deja de ser, centralmente, un organizador de la producción para convertirse en un gestor de condiciones. Un superviviente. O un aprovechador. El que ataja los penales cotidianos. O alguien que invierte tanto o más en asegurar marcos regulatorios favorables que en mejorar procesos, innovar o escalar.
El empresario ilustrado no es una excepción. Es el síntoma más refinado de una economía donde pensar a largo plazo es, muchas veces, la peor inversión. Y donde siempre viene bien escuchar unas palabras de consuelo, aunque se sepa que es mentira.
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