PALANTIR: OTRA VEZ CREER Y NO PENSAR - JOSÉ BENEGAS


Es el Gran Hermano explicando por qué la ética es un obstáculo.


Autor: José Benegas (@JoseBReborn)

Nota original: https://x.com/JoseBReborn/status/2045977113724142001

Manifiesto de Palantir: aquí.


El poder sin demos y la teología del algoritmo
, que aparece presentado como número uno en ventas del New York Times. El texto adopta la forma de un manifiesto: frases cortas, tono sentencioso, numeración que imita la estructura de un catecismo o de los Federalistas. Esa forma tiene un propósito retórico claro: reemplazar al sueño americano por otra cosa que vamos a analizar acá.
Palantir Technologies es una empresa americana fundada en 2003 por Peter Thiel, Alex Karp y otros socios, que vende software de vigilancia e inteligencia de datos a gobiernos y grandes corporaciones. Su producto central es una plataforma que integra fuentes masivas y heterogéneas de información —registros financieros, movimientos migratorios, comunicaciones, redes sociales, bases de datos policiales, imágenes satelitales, historiales médicos, transacciones comerciales— y los hace navegables en tiempo real para que un analista pueda seguir a personas, detectar patrones de comportamiento, anticipar movimientos y tomar decisiones sobre individuos y poblaciones a una escala que antes era técnicamente imposible. Es, en términos funcionales, la infraestructura tecnológica del Gran Hermano: no como metáfora literaria sino como descripción de su arquitectura. Entre sus clientes están la CIA, el ejército americano, agencias de inmigración, la policía de varias ciudades estadounidenses, y gobiernos de distintos países. El nombre de la empresa no es casual: las palantíri son, en la obra de Tolkien, piedras videntes que permiten ver a distancia y conocer lo que ocurre lejos. La empresa se nombró a sí misma con el instrumento de la vigilancia total. El manifiesto que publica hoy como declaración de principios es, en ese contexto, algo muy preciso: es el Gran Hermano explicando por qué la ética es un obstáculo. La propuesta es un esquema de poder sin rendición de cuentas, disfrazada de patriotismo republicano.
Se trata de veintidós afirmaciones contundentes, casi bíblicas, sin justificación. Ninguna se argumenta. Cada una se enuncia como si fuera la visión de los ungidos que el lector debería reconocer sin necesidad de que se lo muestren. Una colección de máximas que hay que creer sin más.
La numeración evoca los grandes textos fundacionales del pensamiento político occidental. Los Federalistas, escritos por Madison, Hamilton y Jay para defender la Constitución americana, que también estaban numerados. Pero en los Federalistas cada número era un argumento: premisas, desarrollo, conclusión. Aquí los números son decoración.

Creer que está ante un análisis cuando está ante una declaración de intereses.
El lector que no advierte esto corre el riesgo de tomar la forma por el fondo y creer que está ante un análisis cuando está ante una declaración de intereses. Ellos son como la segunda venida del espíritu americano, no por peso, sino por lugar y fierros.
La primera gran trampa es la de todo esquema totalitario: la adopción de una primera persona del plural implícita que lo único que tiene de nosotros en verdad es que nos reemplaza. Aceptado eso, todo lo demás tendrá que ser aceptado o discutido dentro de ese frasco sin salida. Todo es ”debemos rebelarnos", "debemos aplaudir", "nuestra sociedad", "nuestra civilización". Pero en ningún momento se pregunta quién es ese nosotros ni quién lo constituyó. ¿Estoy yo en todos esos “nuestros”? ¿Está mi forma de ver la política?

En ningún momento se pregunta quién es ese "nosotros".
Esta omisión es la operación central del documento. El "nosotros" se construye a sí mismo en el acto de hablar y luego usa esa construcción como plataforma para prescribir qué debe hacer el resto. Es una primera persona del plural que no representa a nadie y habla en nombre de todos.
En la tradición del pensamiento político es lo que Rousseau llamó voluntad general y lo que sus críticos —desde Benjamin Constant hasta Friedrich Hayek— identificaron como la fuente de los totalitarismos modernos. No porque Rousseau fuera totalitario, sino porque la idea de una voluntad colectiva preexistente que alguien puede descifrar y enunciar es estructuralmente compatible con cualquier forma de poder que pretenda hablar en nombre del pueblo sin serle responsable. Palantir podría pensar que a Rousseau le hacía falta software, pero es algo incluso peor. Para el filósofo francés nosotros era una ilusión, en la visión de Palantir nosotros ni siquiera somos nosotros, porque lo que nos toca es rezar e ir a la guerra por el nosotros de Palantir, como veremos.
Palantir no tiene mandato electoral. No tiene mecanismo de rendición de cuentas ante el público al que dice servir. Sin embargo habla en su nombre. Eso no es res pública.
El texto menciona repetidamente a los adversarios. "Nuestros adversarios no pausarán para darse el lujo de entrar en debates teatrales”, así le llama a los problemas éticos. "El equilibrio de poder en Asia". "La era de la disuasión". Pero en ningún momento se nombra al enemigo, se lo define o se explica por qué es un enemigo.
Acá hay algo que pone a Palantir en las antípodas de la mejor interpretación política de lo “occidental”: la ética no es más que un obstáculo, una desventaja. Es no entender el ABC de la civilización, volver a las cavernas, creer que la civilización en sí es más débil que el todos contra todos.
La omisión del enemigo es importante. Un enemigo definido tiene límites: se puede negociar con él, derrotarlo, hacer las paces. Un enemigo abstracto es permanente, expansible y —crucialmente— clasificable por quien tiene los datos. Si Palantir define la amenaza y también provee las herramientas para detectarla, el círculo se cierra de manera perfecta. El enemigo será quien sus algoritmos señalen. Como en 1984 hoy será uno, mañana otro.
Un enemigo abstracto es permanente, expansible y —crucialmente— clasificable por quien tiene los datos
A su vez la guerra sin nombre es la guerra sin fin. Y la guerra sin fin es el negocio sin fin, poder sin límite. Una empresa que vende sistemas de vigilancia e inteligencia artificial a gobiernos tiene un interés estructural en que la amenaza nunca desaparezca completamente. Y esa empresa de vigilancia viene a definir por nosotros la filosofía política que reemplaza a la de los Padres Fundadores.
Pero el texto propone una identidad de intereses entre Palantir, el gobierno americano y la nación como un todo. No lo dice explícitamente. Lo da por sentado.
Esto es cualitativamente distinto del capitalismo de amigos clásico. El oligarca tradicional quiere contratos, exenciones, regulación favorable. Lo que Palantir quiere es ser la infraestructura cognitiva del Estado. No robar del presupuesto sino ser el aparato que decide cómo se procesa la realidad. Quien controla los datos y los algoritmos con los que el Estado, porque eso de que nosotros opinemos no parece ser eficiente, palabra que a su vez requeriría en eficiente para qué o para quién, pero Palantir ya eliminó esa pregunta que es una desventaja para “nosotros”.
El oligarca tradicional quiere contratos, exenciones, regulación favorable. Lo que Palantir quiere es ser la infraestructura cognitiva del Estado.
La tradición republicana clásica —de Cicerón a Madison— entiende la república precisamente como aquello que no puede ser apropiado por ningún actor privado. La res publica, la cosa pública, existe para proteger al ciudadano del poder sin límites, venga de donde venga: un rey, una iglesia, un ejército, una corporación. Palantir propone que una corporación privada, sin mandato electoral, sin transparencia, sin mecanismo de remoción, sea el guardián de la república. Es la antítesis del republicanismo expresada en su idioma.
Friedrich Hayek, el economista y filósofo austríaco cuyas ideas son centrales para comprender la tradición liberal, identificó una tendencia a la que llamó constructivismo racionalista: la pretensión de que un actor central puede reunir suficiente información sobre la sociedad para tomar decisiones correctas en nombre de todos. Para Hayek, esta pretensión era la raíz de los totalitarismos del siglo XX, independientemente de su signo ideológico. El planificador soviético y el tecnócrata fascista compartían el mismo error epistemológico: creer que la complejidad social es legible desde un punto central.
Y nunca fue un problema de datos, como tanto los comités soviéticos como los nerds peligrosos de Palantir creen. Siempre fue un problema de intereses. El comité central con la tecnología adecuada puede procesar todos los precios. Nunca podrá reeemplazar a las millones de voluntades sin las que toda esa información se transforma en basura. Lo importante no es saber que yo prefiero hoy tomates a atún, sino el yo en si mismo que elige. La preferencia de hoy nos cuenta historia, lo que ya pasó. El dato de mañana no existe aún para que sistema alguno lo pueda procesar. Además de este problema sin solución, los esquemas soviéticos estilo Palantir ponen el caballo delante del carro. El individuo elige y forma precios, pero ellos quieren los precios para manejar al individuo, trasladando esto a ese “nosotros” abstracto que solo proyecta sus deseos de poder.
Los esquemas soviéticos estilo Palantir ponen el caballo delante del carro.
La democracia liberal descansa sobre un supuesto opuesto: nadie sabe suficiente. Ni el rey, ni el partido, ni el planificador. El mercado, el derecho, la deliberación pública son mecanismos para procesar conocimiento disperso que ningún actor puede concentrar sin distorsión. La división de poderes, la libertad de prensa, el juicio por jurados: todo eso existe precisamente porque el poder que no rinde cuentas se corrompe, cognitivamente antes que moralmente. De ahí la ética en su sentido más utilitario.
Palantir invierte ese supuesto. Propone que ahora sí hay un actor —ellos, con sus algoritmos— que puede concentrar suficiente información para tomar decisiones correctas sobre seguridad, amenazas y prioridades nacionales. Pero la información deja de ser informativa porque ellos suplantaron al actor. Es que les parece que la deliberación es lentitud peligrosa: mejor recen, chicos. Una religión sin ética, porque el debate ético es "teatro". Esto es la negación del fundamento epistemológico de la libertad.
El texto nunca declara una jerarquía social, pero está implícita:
En la capa superior está la élite tecnológica con "visión", operando sin restricciones éticas "por el bien de todos", con acceso a herramientas de conocimiento sin precedentes históricos. Esta élite no necesita justificar sus decisiones porque sus decisiones son el resultado de datos y modelos, no de preferencias ideológicas. Son, en su propia narrativa, post-ideológicos.
En la capa media están los cuadros del Estado y el ejército profesional, que ejecutan.
En la capa de abajo está el nosotros real al que hay que olvidar: están los que vamos a la guerra sin saber exactamente por qué y cuya vida privada el Estado puede monitorear porque somos el objeto de la "defensa". Para estos, el texto recomienda religión. No como búsqueda espiritual ni como ejercicio de la conciencia individual, sino como cohesión, obediencia y disposición al sacrificio. Dormir, lo anti woke, digamos. Opio para el pueblo, diría Stalin, como programa para dar rienda suelta a una oligarquía iluminada por IA.
En la capa de abajo está el nosotros real al que hay que olvidar.
Este punto sobre la religión es el más revelador del documento. El texto critica la intolerancia hacia la fe religiosa en ciertos círculos de élite. Suena liberal. Pero leído en contexto es algo completamente opuesto: la religión es funcional porque produce la clase de ciudadano que un Estado en guerra necesita. La élite no la necesita porque tiene la visión tecnológica. El pueblo la necesita porque tiene que estar dispuesto a morir. Lo que no necesitan es a la gente que piensa.
El servicio militar universal es la generalizacion de la obligación de morir en guerras cuyo propósito define otro. Karp no va al frente. Sus algoritmos tampoco. Resulta que todo era para que ese nosotros que no somos nosotros esté seguro. ¿Y dónde estamos más seguros nosotros? En la guerra.
Resulta que todo era para que ese nosotros que no somos nosotros esté seguro.
La democracia liberal —y aquí el filósofo Isaiah Berlin es indispensable— descansa sobre el pluralismo de valores: no hay un bien único, los valores genuinos entran en conflicto real entre sí, y ninguna fórmula los reconcilia sin pérdida. La libertad cuesta seguridad. La política democrática negocia esta tensión, sin pretender resolverla de una vez para siempre. Esa negociación interminable no es un defecto del sistema. Es su esencia y su fortaleza. La seguridad absoluta, al contrario, es la pérdida de libertad absoluta. La seguridad democrático-republicana es la seguridad de la libertad, no la mera seguridad física.
El texto de Palantir parte del supuesto contrario: hay un bien único, la seguridad nacional, el poder americano, la civilización occidental, en términos totalitarios más clásicos: la razón de estado, y quienes tienen acceso a los datos y las herramientas correctas saben cómo alcanzarlo. Filosofar sobre qué es eso, sobre la ética del poder, es lujo. Los intereses reales de los individuos concretos: la felicidad, la tranquilidad, la evitación del conflicto, el costo personal de las guerras, no aparecen como datos políticos relevantes. Nosotros es todo, las personas, nada. Para qué necesitaríamos enemigos así si toda la política de seguridad nos hace enemigos desde el vamos.
En términos totalitarios más clásicos: la razón de estado.
El gobierno de Palantir no negocia ni delibera: sabe. Posee conocimiento especial sobre la estructura de la realidad que lo habilita a rediseñar el orden humano. Y porque sabe, la oposición no es error político sino ignorancia o maldad. O, siendo más tradicionales, enfermedad.
Palantir elige la filosofía política en la que se encuentra en el centro del poder. Es un iluminismo, un monismo moral que ni siquiera apela a la revelación divina o la diosa razón. Dios es lo que están construyendo con solo verlo todo, sin ética como los dioses defectuosos. Y Dios se manifiesta en la guerra.
La soberbia humana tiene un límite: es visible. El intelectual soberbio, el político mesiánico, el sacerdote que cree tener acceso a Dios: todos exhiben su pretensión, y esa exhibición los hace vulnerables a la crítica, al ridículo, a la destitución. La soberbia humana tiene cara y nombre.
Cuando el algoritmo recomienda servicio militar, no hay nadie a quien preguntarle por qué. Cuando clasifica a una población como riesgo, no hay nadie que responda por ese juicio o, lo que es más importante: riesgo para qué y para quién. Cuando define qué es una amenaza y qué no, lo hace con la autoridad de lo matemático, que en nuestra cultura tiene el estatuto de lo objetivo y por lo tanto de lo indiscutible. Tampoco se preguntará si no es él la amenaza.
El texto declara explícitamente que propone una ética del "sin ética": las restricciones morales sobre el desarrollo de armas de inteligencia artificial son teatro, debilidad, ingenuidad ante adversarios que no se detendrán a debatir. Lo que no dice es quién paga el costo de esa renuncia ética. La respuesta está en los otros puntos del documento: la pagan los que van al servicio militar, los que son monitoreados, los que reciben religión como sustituto del análisis.
La recomendación de religión para el pueblo tiene, en este contexto, una coherencia siniestra: la fe produce obediencia a una autoridad que tampoco se justifica, que también apela a un bien superior inaccesible al razonamiento ordinario. Palantir no recomienda religión a pesar de ser a-ético. La recomienda porque comprende su función disciplinaria a-etica de un manual con autoridad. La fe popular y el algoritmo de élite son idénticos en su estructura: ambos piden que no preguntes.
Aristóteles, en su Política, describió las formas degeneradas del gobierno: la tiranía es la degradación de la monarquía, la oligarquía es la degradación de la aristocracia, la demagogia es la degradación de la democracia. En todos los casos, la degradación consiste en gobernar en beneficio propio en lugar de en beneficio de la comunidad. Pero en todos los casos hay todavía una relación de gobierno: los gobernantes necesitan a los gobernados al menos como objeto de su poder. Y un registro fundamental: la asimetría de antecedentes, borrados por el algoritmo.
Lo que Palantir propone excede esas categorías en un sentido preciso: el pueblo deja de ser el objeto del gobierno para ser el objeto del sistema. En la oligarquía aristotélica, los ricos gobiernan a los pobres. Aquí la relación no es de gobierno sino de procesamiento. La población es datos. No se la explota en el sentido clásico: se la indexa. Su agencia política no es negada por represión sino por irrelevancia técnica.
El sistema no necesita tu voto ni tu obediencia activa. Necesita tu comportamiento, que genera datos, que alimentan modelos, que producen decisiones que te afectan sin que participes en ningún momento del ciclo. Tu experiencia individual, irreductible al modelo, no es un error político a corregir. Es simplemente ruido.
Palantir probablemente cree lo que escribe. Karp probablemente se ve a sí mismo como un patriota, un intelectual comprometido con la defensa de la democracia occidental. Esa sinceridad no lo hace menos peligroso. Lo hace más peligroso. Porque el poder que se ha convencido de que es virtud no reconoce límites internos. No tiene el freno del cinismo. No tiene la autocrítica del que sabe que está haciendo algo cuestionable.
Este es el momento más difícil en la historia del pensamiento político: no cuando el poder dice "soy el poder y me obedecerás", sino cuando dice "soy el servicio y te protegeré". No cuando impone, sino cuando cuida. No cuando prohíbe, sino cuando administra. El que cuida ovejas, y esto no lo inventó Palantir, algo con el que he insistido muchas veces, es porque se las va a comer.

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