AUSENCIA DE DEFERENCIA


La aparición de Trump nos permite ganar tiempo.


 Autora: Iris Speroni (@SperoniIris)



Leí Le Camp des Saints, de Jean Raspail.


Escrito en 1973, prevé, con sorprendente precisión, la situación que vivimos actualmente en nuestra civilización.


Describe una inmigración de 800.000 indios (de la India) a las costas del sur de Francia.


Llama la atención con cuánta antelación narró lo que creía iba a suceder y el origen de la invasión.


Con los datos de ese momento (recordemos que el plan Kissinger para despoblar el mundo fue aprobado por Richard Nixon en 1974), lo razonable era que todo desborde demográfico fuera desde India, Pakistán, Bangladesh o los tres juntos. Raspail elige India para su futuro distópico.


Todos nosotros, en estas últimas décadas, estuvimos más enfocados en los musulmanes de Asia Menor, en la lucha de siglos entre el cristianismo y el islamismo. 


Ahora vemos que estábamos haciendo seguimiento de una sola de las partes.


Al repasar el libro de Raspail, es fácil ver que ha sido la inspiración de Houellebecq, un viejo amigo nuestro.


Y acá se abre un abanico de consideraciones.


El libro describe en detalle los mecanismos incorporados de autodestrucción de nuestra sociedad. La falta de orgullo en nuestra historia y nuestra tribu. Ideas huecas de un melifluo e impreciso amor universal a la raza humana. El paganismo bienpensante y altanero.


Sin embargo, el autor deja en claro que el punto cero de este derrotero de destrucción es el abandono de la fe. El paganismo, el relativismo (en el sentido de que todo es relativo, que no hay verdades naturales y firmes) y el desprecio a la propia tribu.


No sé cuáles son los orígenes de esos sentimientos. Acá no hay un razonar sino un sentir primitivo. Las élites occidentales, no de ahora sino desde hace siglos, desprecian profundamente al pueblo basso. Los consideran menores, distintos y los cuales no deberían tener derechos.


Ese entendimiento de una autoconvencida superioridad fue adoptada por la  burguesía y permanece hasta nuestros días. En conceptos y vocabulario argentino, son nuestros rivadavianos. Pensar que es un fenómeno local, sería un error. Las clases altas de Europa, EEUU y los países de la órbita británica (AUS/NZ/CAN) piensan igual.


El desprecio al pueblo se ve día a día en el lenguaje corporal y verbal de los burócratas de la Unión Europea y de todas estas otras naciones. No se entiende bien en qué se basan, ya que, al fin de cuentas, son solamente burócratas que están ahí luego de haber vendido su alma al diablo. Pero así se comportan. Imitan, en ello, a las verdaderas élites.


En la facultad de Filosofía y Letras (Puan), el profesor Oscar Terán [1] decía que lo que nos hacía distintivo a los argentinos era la ausencia de deferencia.


“Deferencia”.

Según la Real Academia Española de la Lengua 

Del lat. defĕrens, -entis 'deferente'.

f. Adhesión al dictamen o proceder ajeno, por respeto o por excesiva moderación.

Sin.:

condescendencia, complacencia, respeto.

f. Muestra de respeto o de cortesía.

Sin.:

amabilidad, cortesía, consideración, atención, miramiento, gentileza.

Ant.:

desconsideración, descortesía, desaire.

f. Conducta condescendiente.

Sinónimos o afines de «deferencia»

condescendencia, complacencia, respeto.

amabilidad, cortesía, consideración, atención, miramiento, gentileza.

Antónimos u opuestos de «deferencia»

desconsideración, descortesía, desaire. 


Marta Sáenz Quesada sostiene que el origen de nuestro horizontalismo fue la lucha por la Independencia, donde todos eran iguales en los fogones.


Otros que es el gaucho, una sociedad basada en el mérito (los mejores jinetes).


Ídolos populares como Bonavena o Maradona han sido los reyes de la ausencia de deferencia. No porque representen el deseo reprimido de millones de sometidos, sino porque exhibían el desparpajo común a todos nosotros, en menor o mayor medida [2].


Esa ausencia de deferencia la mantuvimos a pesar de millones de inmigrantes europeos (que provenían de sociedades con rigidez social).


Espero que la presente pauperización de nuestro país no nos haga perder esta virtud.


Ahora bien, la situación nuestra no es la del resto de Occidente. 


En Occidente las clases altas - y las élites burocráticas y mediáticas por efecto imitación - sienten un profundo desprecio a las clases populares. Eso lo expresaron en detalle, tanto Thatcher como Johnson cuando vilipendiaron a los hooligans. Calumniaron a lo que no era más que la representación del pueblo trabajador inglés. Los mismos que mandaban a las minas de carbón y a los que les cerraron las fábricas. Había que demonizar a los varones de las clases trabajadoras y con ayuda de la prensa lo hicieron.


En EEUU se refieren despectivamente a ellos como rednecks o white-trash


Este desprecio les hace sentir en total libertad de ponerles extranjeros en sus barrios, para que los echen. Darles las viviendas que construye el gobierno a extranjeros en lugar de a los nativos, porque en realidad son “white-trash” (acá serían “negros de mierda” o, como dijo José Ignacio Rucci, "acá los negros somos nosotros").


En EEUU una familia recién llegada de India tiene acceso a un crédito hipotecario con tasa de interés subsidiada, cercana al 0%, mientras que los blancos nativos tienen que pagar más de un 10% (los primeros 3 años, luego tasa variable). Doble vara.


Ahora bien, ya existe una situación legal de desigualdad en la sharia, similar a la ya aplicada en EEUU.


La ley islámica legalmente permite tratar diferente a los infieles. Se los denomina dimmies en plural y dimmi en singular. Norma cargarles impuestos mayores, dimma [3]. No solamente referido a los impuestos, también tolera que un fiel (musulmán) no cumpla con un contrato con un infiel. Es decir, los infieles son, legalmente, ciudadanos de segunda categoría. Es la ley vigente en todo el mundo islámico, y fue aplicada desde 711 hasta 1492 en la España ocupada por los árabes.


Pareciera que vamos hacia eso de nuevo. Esa ley “diferenciada” la aplicaron los británicos en Irlanda durante siglos. Los católicos, por ejemplo, no podían ocupar cargos públicos en Irlanda. Eso cambió con la firma de los tratados en la era Tony Blair. 


El derecho al voto de los católicos en Inglaterra fue otorgado recién en 1929. 


Cuando veo a los ricachones y a los alcahuetes de los ricachones en Davos enunciar cómo quieren que sea el mundo; que deciden mover millones de personas de un lado al otro (haciendo pilas de dinero con todo eso) y con el claro objetivo de llevar infelicidad a unos y a otros - los que echan de un lado, como los sirios, y los nativos de los lugares a donde los implantan por otro - me da un profundo asco.


Por otro lado, es fácil ver que se creen Dios. Que pueden decidir que una persona no puede tener gallinas o quemar leña, y que ésa es una ley para los comunes, no para los dioses (como ellos).


Al igual que Raspail, creo que la inmigración (más allá de los negocios y más allá de la necesidad de modificar las bases electorales), el objetivo es destruir nuestra civilización cristiana.


Raspail ya nos dijo qué nos va a pasar: un cristianismo claudicante frente al paganismo. 


Entonces, de vieja, me doy cuenta que hoy, en pleno SXXI, estamos en el medio de una guerra religiosa. Como las dos guerras mundiales fallaron en hacernos desaparecer; la destrucción desde adentro, la introducción de infieles en nuestro territorio, y el paganismo como religión del estado Occidental, son el nuevo intento.


Trump ha sido un enviado providencial. No porque sepa qué quiere. Sólo él lo sabe. Sino porque nos permite ganar tiempo. 


Hoy en Argentina vivimos una paradoja: nos gobiernan rivadavianos recalcitrantes, aliados circunstancialmente con Trump - que no lo es -. Pegoteados por mutuos intereses circunstanciales. ¿Cuándo crujirá?


Al tiempo adicional que nos ha sido dado gracias a la intervención de Trump: démosle buen uso.


* * *


[1]

Terán para ejemplificar contaba una historia. Cuando asume la presidencia Eduardo Duhalde, éste visita una obra. Uno de los obreros lo abraza - un poco paternal - y le lanza un “en qué quilombo te metiste, cabezón”. Según Terán, esa convicción íntima de que todos somos iguales, es impensada en la mayoría de las sociedades.

[2]

Como diferencia veamos el comportamiento de los miembros de las clases medias argentinas en Qatar, en el mundial de fútbol, donde cantaron a voz en cuello todas las canciones típicas de todas las canchas de Argentina, desde la primera división A, pasando por B y C, hasta las de divisiones regionales. En ese mundial demostramos la verdadera horizontalidad de la sociedad argentina. Y lo marco como una virtud, no como un defecto.


[3]
¿La ley RIGI es nuestra dimma?

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