LA ARENGA DE FRANKENSTEIN

 


Somos como los marineros de un buque varado y a merced de fuerzas que no podemos controlar.


Autor: Santiago González - Gaucho Malo (@gauchomalo140)

Nota original: https://gauchomalo.com.ar/la-arenga-de-frankenstein/


Una novela inglesa decimonónica plantea reflexiones inquietantes sobre nuestra condición de argentinos del siglo XXI



En un invierno de fines del siglo XVIII el explorador inglés Robert Walton rescató de las heladas aguas del Ártico a un náufrago suizo cuya embarcación había sido destruida por la tormenta. El suizo se llamaba Victor Frankenstein y había llegado hasta ahí tratando de dar caza y exterminar a una criatura semihumana salida de sus manos cuando investigaba los secretos de la vida y la muerte.

Walton ayudó a recuperarse a su inesperado huésped, y ambos hombres pronto se entendieron y se hicieron amigos. Se contaron sus historias y encontraron que tenían muchas cosas en común: los dos eran personas educadas y de buena familia, los dos habían entendido que esa posición de privilegio implicaba responsabilidades sociales, y habían consagrado sus vidas y sus talentos en pos de objetivos que beneficiaran a la humanidad.

Walton y Frankenstein eran hijos de la Ilustración, y como tales confiaban en el poder de la razón y la inteligencia como instrumentos para conseguir sus fines. A ninguno le faltaba además una buena cuota de valor personal: al explorador en su intención de descubrir un paso interoceánico en el Polo Norte; al naturalista en su propósito de desentrañar el mecanismo de la vida para erradicar del mundo toda muerte que no fuera accidental.

El éxito, sin embargo, les había sido esquivo. Frankenstein había engendrado una monstruosa máquina de destrucción que no lograba detener; Walton chocaba contra la resistencia de la Naturaleza, que en un momento dado dejó a su nave varada en el medio del hielo, sin perspectivas ciertas de poder zafar del frío y el hambre. La tripulación se amotinó y reclamó al explorador cancelar la expedición y emprender el regreso si la nave se liberaba de su encierro.

El doctor Frankenstein, cuya salud se deterioraba pese a los cuidados del navegante, sacó entonces fuerzas de donde no las tenía y habló así a los rebeldes:

«¿Qué quieren decir? ¿Qué le exigen a su capitán? ¿Tan fácilmente se desvían de su propósito? ¿No llamaban a esto una gloriosa expedición? ¿Y por qué era gloriosa? No porque el camino fuera suave y plácido como un mar meridional, sino porque estaba lleno de peligros y terror; porque, ante cada nuevo incidente, debían invocar su fortaleza y exhibir su coraje; porque el peligro y la muerte les rodeaban, y eran estos peligros los que debían afrontar y superar. Porque esto era algo glorioso, porque ésta era una empresa honorable. En el futuro iban a ser aclamados como los benefactores de la especie; sus nombres, venerados por pertenecer a hombres valientes que se enfrentaron a la muerte por honor y por el bien de la humanidad. Y ahora, he aquí que con la primera sospecha de peligro o, si se prefiere, la primera prueba poderosa y tremenda para su coraje, se encogen y se conforman con ser considerados hombres que no tuvieron la fuerza suficiente para soportar el clima y el peligro, pobres almas que tenían frío y regresaron a sus cálidas chimeneas. Pues eso no requiere tantos preparativos; no es necesario llegar tan lejos y arrastrar a su capitán a la vergüenza de una derrota, sólo para demostrar su cobardía. ¡Oh! Sean hombres, o más que hombres. Manténganse firmes en sus propósitos y firmes como una roca. Este hielo no está hecho de la misma materia que sus corazones; cambia de estado, no podrá resistirlos si ustedes deciden que no lo hará. No regresen a sus familias con el estigma de la desgracia marcado en sus frentes. Regresen como héroes que han luchado y vencido, y que no saben qué cosa es darle la espalda al enemigo.»

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Esta arenga viril, vibrante de honor y de coraje, así como la historia que la precede, fue escrita por una muchacha inglesa de veintiún años que pasó a la historia como Mary Shelley. No es lo único llamativo del caso: Mary era hija de dos escritores militantes, el socialista William Godwin y la feminista Mary Wollstonecraft, pero su visión del mundo resultó diametralmente opuesta a la de su familia progresista. Así como descreía de las virtudes de las masas populares (no necesito contar cómo respondieron los marineros a la encendida elocuencia de Frankenstein), parecía confiar más en la fortaleza, el sentido del honor, el coraje y la vocación de servicio de los miembros más encumbrados de la sociedad. Frankenstein y Walton fracasan en su novela como agentes de la Ilustración, no como encarnación de las virtudes masculinas y de clase.

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Como el lector habrá seguramente advertido no traje la historia de Frankenstein a esta columna para hablar de literatura, o porque el cine la haya puesto nuevamente en circulación, sino porque aparecen en ella elementos que aluden a nuestra situación como país y nos interpelan como sociedad. También nosotros creamos con las mejores intenciones un monstruo que no podemos parar, también nosotros estamos paralizados en medio del hielo y el frío, pero sin un capitán que nos señale el derrotero ni un líder elocuente que encienda nuestro coraje, reavive nuestras fuerzas ni apele a nuestro sentido del honor. Carecemos de una clase dirigente con las virtudes que imaginaba Shelley, ni nada que se le aproxime.

Somos como los marineros de un buque varado y a merced de fuerzas que no podemos controlar. Nos espera un año duro, de clima adverso, y vamos a tener que arreglárnoslas solos, apretando los dientes, codo con codo, buscando entre nosotros los hombres de honor y de coraje en condiciones de tomar el timón y orientar las velas. Para darnos valor, y también para recuperar el rumbo si seguimos con vida una vez que los hielos se quiebren, repasemos nuestra historia, releamos la arenga que la joven Shelley puso en boca del doctor Frankenstein, demostremos en fin que somos mejores que los marineros de Walton.

–S.G.

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