EL JUEGO Y LAS JUGADAS
Instituciones degradadas, un gobierno con pulsiones dictatoriales y un rumbo diseñado en el exterior definen un cóctel inquietante.
Autor: Santiago González (@gauchomalo140)
Nota original: https://gauchomalo.com.ar/el-juego-y-las-jugadas/
Se dice que una imagen vale más que mil palabras. La imagen de un Congreso que abdicó de su tarea al concederle al presidente la capacidad de gobernar por decreto, y que acaba de darle carta blanca para endeudar otra vez al país en cantidades, condiciones, plazos y propósitos que ni la ciudadanía ni los propios legisladores conocen, proclama por sí sola la inutilidad de senadores y diputados, su carácter prescindible.
Esta imagen contra natura de los cuerpos deliberativos refuerza su elocuencia cuando se la mira desde el aire, con un palacio legislativo al que vimos rodeado en todo su perímetro por vallas de acero destinadas a aislarlo de los ciudadanos a los que supuestamente representa, y a los que debería proteger de cualquier abuso o ultraje procedente del Ejecutivo, justamente en el momento en que refrendaba uno de esos abusos.
Si elevamos un poco el punto de vista advertimos en el cercano edificio de los Tribunales un Poder Judicial absorto en sus intrigas palaciegas, acicateadas deliberadamente desde el Ejecutivo, empeñado vaya a saberse por qué oscuras razones en incorporar a la Corte Suprema a la figura más cuestionada del foro federal, que ejerce además una extraña, sospechosa influencia sobre sus pares.
Mientras el orden constitucional que la Justicia debería proteger se desnaturaliza y corrompe ante la indiferencia o complicidad de los magistrados, el Ejecutivo, desde un ministerio conducido no por su titular sino por su segundo, negocia con sus principales opositores una gran cantidad de estratégicos juzgados vacantes, y la no menos estratégica Procuraduría General, a cambio de su apoyo para instalar al juez de mala reputación en la Corte Suprema.
Si desplazamos ahora la mirada hacia el río, encontramos en la Casa Rosada un presidente concentrado en el tema económico, asunto en el que se le reconocen cualidades teóricas sobresalientes pero cuya ejecución práctica contradice no sólo sus promesas de campaña sino también los principales postulados argumentales que defendió durante toda su carrera, como han probado hasta el cansancio sus anteriores amigos y sus actuales enemigos, reflotando viejas declaraciones y documentos.
Este presidente se ha rodeado de ministros incompetentes que al cabo de un año no han sido capaces de proponer una sola política atendible en sus respectivos ramos, y lo poco que han hecho ha sido dañino o inconducente. Si nos detenemos en las carteras estratégicas, encontramos en Economía y Seguridad a dos figuras que repiten puntualmente los fracasos de sus anteriores gestiones en esos lugares, y en Defensa y Cancillería a otras dos sin antecedentes o preparación en los asuntos que les fueron confiados, probablemente elegidas precisamente por eso.
El desinterés del presidente en la gestión del Estado se advierte también en su apartamiento de la conducción política, que ha confiado a dos personas con agendas no siempre coincidentes pero extremadamente hábiles para construir poder extorsivo, suficientemente audaces como para no reparar en la legalidad de sus acciones, y con pulsiones dictatoriales y autoritarias capaces de amedrentar a la población desde altavoces en lugares públicos.
Al cabo de este sobrevuelo de nuestro dron imaginario sobre los centros del poder comprobamos que la imagen recogida ni siquiera es novedosa: refleja la degradación de nuestras instituciones tal como viene ocurriendo sin prisa pero sin pausa desde el restablecimiento del sistema democrático, degradación que el gobierno elegido en 2023 prometió revertir pero que desde entonces no ha hecho sino acelerar, agravar, empujar hasta el límite, sumando una nueva frustración a nuestra historia de fracasos.
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El común denominador de esos fracasos es la deuda externa, una trampa sembrada por el gobierno militar de 1976, a instancias de Henry Kissinger y David Rockefeller, y que los gobiernos democráticos posteriores no quisieron, no pudieron o no supieron desactivar. No voy a fastidiar al lector con detalles sobre esa deuda en general, y sobre nuestras relaciones con el FMI en particular, que ya traté en las notas anteriores citadas al pie. Baste con decir que el gobierno de Javier Milei sigue exactamente por el mismo camino de sus predecesores.
Lo extraño, lo inesperado en el caso de Milei, no es tanto que su comportamiento como presidente refute sus principales promesas de campaña, sino que va en contra de los mismos principios que defendía, y acompaña las mismas prácticas nefastas que fustigaba en sus tiempos de panelista de televisión, e incluso en sus trabajos académicos, cuando ni siquiera soñaba con alcanzar la presidencia. “Esta vez es diferente”, promete su ministro Luis Caputo.
Lo único diferente en todo caso es la ferocidad con que destruye salarios y jubilaciones, con la que aniquila la rentabilidad de las empresas comerciales, industriales y agropecuarias, pequeñas y medianas, con la que desmantela con diversas excusas las herramientas de promoción humana que la Argentina fue desarrollando a lo largo de su historia con características que las hicieron ejemplares, en la región y en el mundo: salud, educación, asistencia social, ciencia y tecnología.
En un punto hay que darle la razón: los gobiernos que le precedieron, los gobiernos de la democracia, corrompieron el sistema económico, productivo y social del país al punto de volverlo casi insanable. Pero en lugar de recuperarlo, corregirlo, o reemplazarlo por algo mejor, el actual gobierno se limita a la demolición, e incluso la celebra como un triunfo. ¿Qué se supone que quedará después? Nada. El modelo latinoamericano, probablemente.
Pero ese comportamiento permite advertir que el actual gobierno no es sino la continuidad del sistema instalado en 1976, exacerbado luego de esa anomalía que fue la guerra de Malvinas, y orientado a destruir todo lo que había hecho de la Argentina un caso único en América latina, un ejemplo de desarrollo con equidad y de integración social sin conflictos. Los veinte años de kirchnerismo no fueron una excepción en ese sistema antinacional, sino una acumulación de argumentos en su favor.
Todas las declaraciones de campaña de Milei lo mostraban encaminado a quebrar ese rumbo corrupto, y rescatar a último momento una nación que parecía condenada. Lo votaron especialmente los mayores, que aun conservan el recuerdo de una Argentina educada, cordial, elegante e inteligente; lo votaron también los más jóvenes, sin mochilas ideológicas o facciosas, deseosos de encontrar un ambiente donde poder imaginar una vida y una familia, formarse y desarrollarla.
Milei ha defraudado esas expectativas, excepto, quizás, en quienes la pesada carga de la ideología y el prejuicio los lleva a defender lo indefendible. La intensa propaganda desplegada a lo largo de décadas por partidos políticos traidores y medios de comunicación cómplices de una conspiración que nos resistimos a reconocer, una conspiración que se inició en 1945 en la embajada norteamericana, los ha inducido a creer que el causante de todas su penurias es otro argentino, humilde y patriota, cristiano y rebelde, que no hocica ni come vidrio.
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La confianza que muestra Milei en sus interlocutores estadounidenses, especialmente en Donald Trump, no es muy distinta de la que los militares del 76 depositaron en Rockefeller y Kissinger, y Carlos Menem en su “amigo” George Bush, en cuya residencia de verano también supo ser recibido. Los militares y Menem creyeron incorporar a la Argentina a un “occidente” o a un “libre mercado” absolutamente imaginarios, y en señal de amistad acompañaron a Washington en algunas aventuras bélicas. No necesito recordar que nada bueno resultó de esa confraternidad, y sí mucho malo.
Los militares y Menem llevaron adelante políticas económicas similares entre sí, y muy parecidas a la de Milei, caracterizadas ambas por altos niveles de endeudamiento externo (los militares multiplicaron por siete la deuda dejada por María Estela Martínez, y Menem duplicó la que recibió de Alfonsín). Con Macri pegó un salto descomunal, y ahora Milei se apresta a cargar más deuda sobre las agobiadas espaldas de los argentinos.
Medido en relación con el PBI, el endeudamiento pasó de un atroz 151% tras la crisis de 2001, a un mínimo del 38,9% en el 2011, empezó a crecer de nuevo seriamente con el gobierno de Macri, que lo dejó en 69.9% en 2019, mientras que Fernández, que lo llevó al 79,4% en el momento de la pandemia, se lo entregó a Milei en 57,2%. El anunciado endeudamiento con el FMI habrá de incrementar nuevamente ese porcentaje.
Es comúnmente aceptado que Caputo quiere fondos para mantener el carry-trade, un negocio financiero para sus amigos que como contrapartida le permite mantener el dólar planchado. Esto le ayuda a contener la inflación y conservar, eso cree, el favor del electorado, aunque al precio de encarecer las exportaciones y abaratar las importaciones, cosas ambas que hunden al emprendedor local, tanto al que trata de colocar sus productos en el exterior como al que debe competir con lo importado en un mercado interno cada vez más abierto.
Nuestra historia económica muestra que las mismas políticas que acentúan el endeudamiento del país —recomendadas informalmente por los “amigos” del mundo anglosajón con los que contraemos esas deudas, o impuestas formalmente por organismos como el FMI que nos “ayudan” a pagarlas— vienen siempre acompañadas por el empobrecimiento de la población, la destrucción del aparato productivo y tecnológico nacional, especialmente de sus empresas pequeñas y medianas, y la concentración y la extranjerización de la economía.
¿Para qué pretende Milei endeudar nuevamente al país si no para esos mismos fines? En su discurso nunca aparecen programas de desarrollo, de producción, de empleo. De promoción humana. En la Argentina del establishment, en la Argentina oficial, nunca nadie se pregunta hacia dónde vamos, qué país queremos, aunque todos proclaman su confianza en un vago futuro venturoso. La prensa nos abruma cada día con la descripción de las jugadas, pero pocas veces nos ayuda a interpretar el juego.
Como ya hemos dicho en esta columna con anterioridad, y nada de lo que hace el gobierno ayuda a desmentirlo, toda la política económica de Milei parece dirigida a acomodar el país a alguna clase de designio externo, poniendo la casa en orden para que otros vengan a explotar nuestros recursos materiales y humanos hasta agotarlos, dejando en el camino apenas lo necesario para nuestra subsistencia.
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Esto no fue lo que votó la gente en 2023. Esto no fue lo que prometió Milei; esto contradice lo que prometió Milei. La gente que lo rodeaba en 2023 y lo sostenía en su campaña no es la misma que lo rodea ahora, y muchos de aquéllos han sido expulsados de su lado, incluso violentamente. Varias personas que lo conocieron antes bien de cerca, incluso entre las que han sido apartadas, siguen dando fe de su honestidad y de sus buenas intenciones, y no aciertan a explicarse el cambio.
Algo pasó desde entonces, algo ocurrió entre la disputa electoral y el momento de comenzar a ejercer el poder, y no se trata simplemente de la necesidad de afrontar las realidades de ese ejercicio. Algo pasó que indujo a Milei a seguir puntualmente los pasos y los métodos de la “casta” aborrecida durante toda su campaña, e incluso en el curso de su presidencia aunque cada vez con menor intensidad.
Algo pasó, y cuando se escriba la historia habrá que investigar especialmente qué pasó en el hotel Libertador, en esas largas semanas que mediaron entre la elección y la asunción del mando, durante las cuales Milei permaneció encerrado en una habitación, asediado por no bien registrados visitantes, y de las que emergió cambiado. Mauricio Macri lo describió en esos días como “fácilmente infiltrable”.
–Santiago González
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LA ESTAFA DE LA DEUDA
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LA CASTA Y EL FONDO
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