Maldonado y El Perro



Los perros rabiosos



Nota publicada en http://gauchomalo.com.ar/
Es imposible saber lo que ha ocurrido con Santiago Maldonado, el misterioso joven bonaerense que andaba de correrías por la Patagonia, sin ocupación conocida pero con tres celulares en su poder, uno de ellos radicado en Chile. En realidad, eso es todo lo que se sabe sobre Maldonado; eso, y que vivía en El Bolsón, Río Negro, donde varias cámaras de seguridad registran su presencia hasta unos cuatro o cinco días antes de los episodios en cuyo contexto se denuncia su desaparición. El problema con las denuncias sobre la desaparición de Maldonado es que no se basan en una sola prueba, sino en dichos de presuntos testigos que citan a otros presuntos testigos. No hay nada que acredite siquiera la presencia de Maldonado en el desalojo por parte de la gendarmería de unos intrusos que ocupaban un campo, donde las denuncias dicen fue capturado por los agentes del Estado. Los únicos declarantes en la causa son parte del grupo de intrusos, que se describen a sí mismos como mapuches, y que tienen todas las razones para agraviar a los gendarmes. La veracidad de su testimonio queda seriamente comprometida cuando ellos mismos obstaculizaron durante días el rastrillaje de las tierras que ocupan y ofrecieron pruebas falsas, como ropas usadas por distintas personas que desorientaron a los perros rastreadores. La propia familia de Maldonado reaccionó ante la desaparición de Santiago de manera capaz de alentar todas las suspicacias: faltó la emocionalidad habitualmente asociada con semejante incertidumbre y sobraron las declaraciones políticas en contra del Estado. La madre y el hermano de Santiago se resistieron inicialmente a someterse a exámenes de ADN para cotejar con rastros de sangre hallados en una camioneta de la Gendarmería, algo difícil de entender en personas supuestamente ansiosas de saber qué pasó con un familiar tan cercano. Lo único cierto sobre Santiago Maldonado es que, transcurrido casi un mes desde que se denunció su desaparición, el Estado argentino no ha logrado determinar su paradero, ni qué pasó con él si es que pasó algo. Esto no es bueno, pero no es inusual, ni aquí ni en ninguna parte del mundo.
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Lo que no es usual es la velocidad y la concertación con la que los enemigos del gobierno, entre ellos especialmente esas fachadas izquierdistas que se describen a sí mismas como organismos de defensa de los derechos humanos, operaron para convertir el caso en una causa nacional e internacional hasta obtener por ejemplo una declaración de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, dependiente de esa histórica farsa llamada Organización de Estados Americanos, que atribuye al Estado argentino la responsabilidad de la desaparición de Maldonado. En realidad, las entidades de fachada tenían la pericia acumulada y el camino allanado por su anterior participación en el caso de la dirigente social jujeña Milagro Sala, totalmente distinto en su naturaleza pero similar en su valor propagandístico. La abogada de Sala interviene en la causa de Maldonado, el Centro de Estudios Legales y Sociales del perro Horacio Verbitsky (sucesivamente oficial de inteligencia montonero, periodista y asesor ideológico kirchnerista) elabora los argumentos y proporciona los contactos, Madres y Abuelas acompañan con la decoración adecuada para la foto promocional, y la CIDH emite su documento. El caso de la jujeña encarcelada, que por intervención de la CIDH deberá ir a prisión domiciliaria, marcó el único triunfo significativo de la izquierda kirchnerista en los dos años de gobierno de Macri. Las invocaciones al indigenismo y la discriminación pagan en el mundo progresista y es lógico que hayan recurrido ahora al mismo procedimiento, aunque con otras intenciones. Encabalgado sobre las elecciones primarias de mediados de agosto, apuntado hacia las elecciones legislativas de octubre, y proyectado para causar impacto en la prensa progresista internacional, el caso de Maldonado huele más a operación de inteligencia política que a desaparición forzada de persona. Hacia el frente interno, acompaña la retórica izquierdista-kirchnerista que identifica al gobierno con la represión, la discriminación y el hambre, y hacia el frente externo pone en entredicho la autoridad gubernamental, especialmente en una zona donde espera el mayor flujo de inversiones.
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Ratificado y reconfortado por su exitoso desempeño en las elecciones primarias de agosto, el gobierno encabezado por Mauricio Macri se afianzó y consolidó visiblemente. En el plazo de una semana, operó con contundencia y sin titubeos en varios frentes complicados: el de los derechos humanos, donde la ministra Bullrich no se dejó acorralar por una «opereta» bien montada; el de la justicia, con la remoción del cuestionado juez Freiler, y el sindical, donde el presidente respondió a una chicana de Moyano y Asociados desplazando del gobierno a dos funcionarios identificados con esa confraternidad y encargados nada menos que del manejo de los sagrados fondos de las obras sociales. También, en un alarde de realpolitik, se mostraba dispuesto a un entendimiento con el colorido ex secretario de comercio Guillermo Moreno con el objetivo más alto de evitar una catarata de juicios contra el Estado si la justicia llegara a determinar que su INDEC producía estadísticas falsas. Las dos semanas de Macri posteriores a las PASO parecen anunciar un fenómeno inédito en la Argentina desde mediados del siglo pasado: un presidente civil no peronista dispuesto a ejercer sin inhibiciones la autoridad presidencial. Se diría que hay un nuevo pacto social en construcción, entre una sociedad dispuesta a aplazar expectativas con tal de no volver atrás, y una corriente política dispuesta a conducir los cambios en la medida en que se siente respaldada para hacerlos. Esto puede agradar a unos y desagradar a otros, por las más diversas razones, pero creo que sería erróneo desconocerlo. La izquierda, por lo pronto, no lo desconoce. Y por eso vuelven a escena los perros rabiosos de la violencia política. El caso Maldonado sirve de mecha, los ataques incendiarios contra la legislatura platense muestran los primeros fuegos. El gobierno tiene que estar preparado para eventuales acciones más intensas en ese frente después de octubre, cuando el naufragio kirchnerista deje sin opciones políticas a la izquierda bolivariana.
–Santiago González


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